Prólogo
Iván era un niño muy callado, a sus siete años no juntaba dos palabras en una frase, su dulzura y simpatía eran tan contradictorias a su introspección, que no dejaba ver a los demás su interior de contenido silente y oscuro meditar.
Tenía todo lo necesario que un niño de su edad precisa para sentirse feliz y no pensar en otras cosas que en disfrutar de su familia y de las bondades de la vida.
Su día a día desde que ingresó en el centro escolar para comenzar su educación y su formación, muy pronto se le hizo monótono y en momentos se sentía incomprendido y fuera de lugar, debido a su idiosincrásica forma de comprender el mundo. Iván caminaba por un hábitat construido de silencios. Era un faro de dulzura y simpatía magnética, pero extrañamente inalcanzable. Aunque su sonrisa invitaba a acercarse, una barrera invisible custodiaba su interior, protegiendo un oscuro y profundo meditar donde las palabras, simplemente, no encontraban lugar para salir.
Para quien no le conocía era un enigma: la contradicción perfecta entre la calidez de su mirada y el muro de contención que separaba su ser del resto del mundo. Y sin embargo, no era un niño huraño; su dulzura desarmaba y su simpatía era genuina. Esa dicotomía generaba desconcierto: ¿cómo podía alguien tan tierno esconder un océano tan introspectivo y silente? Su interior parecía un cuarto oscuro, un lugar de reflexión profunda donde prefería permanecer en soledad, ajeno a la prisa con la que el resto del mundo utilizaba el lenguaje. Había una observación serena de la vida en la mente de Iván, una contemplación profunda que superaba con creces sus ocultos anhelos. Iván era amor puro y sincero , pero a la vez contenido, casi suspendido en el aire.
Era un niño que observaba el mundo con ojos simpáticos, pero que rara vez lo describía con palabras. Su día a día transcurría en un 'no decir', un contenido silente que hacía a los demás preguntarse qué sueños, miedos o pensamientos hilaba en su introspección solitaria, lejos de la necesidad de juntar palabras en una frase. El mayor placer que encontraba era cuando escuchaba la bocina que anunciaba el final de la jornada escolar, pues sabía que en la entrada del colegio, se encontraría con quien más y mejor le comprendía, su abuelo, para recogerle y encaminarse como todos los días a la cafetería del barrio a tomar su ya habitual chocolate caliente.
Después se encaminaban a casa donde le esperaba la madre con sus habituales besos, carantoñas y juegos, para tras tan gratificante y cálido recibimiento, prepararse para que poco antes del atardecer, salir a caminar por el paseo marítimo.
Unos días con sus padres, otros con sus abuelos, siempre terminaban junto a un gran cartel donde se anunciaba el acuario de la ciudad y en el cual aparecía la fotografía de un delfín. Iván se quedaba ensimismado delante de dicho cartel sin quitar la mirada a la figura del mamífero marino, hasta que la insistencia de sus progenitores le hacía salir de su aparentemente estado de ensoñación, emprendiendo regreso a casa donde le esperaba un gratificante baño y una suave y apetitosa cena, tras la cual y una vez reposado realizaba uno de sus juegos para el desarrollo cognitivo.
A continuación, transcurrido el tiempo necesario para no irse a la cama recién cenado, se dirigía de la mano de la madre al lavabo a realizar el acostumbrado lavado de dientes y posteriormente a su dormitorio donde después de escuchar una canción a modo de nana que salía de los labios de su progenitora, se quedaba profundamente dormido.
Ella permanecía durante un tiempo velando su sueño y mientras le miraba con un inmenso y profundo amor, de sus pensamientos, salían reflexiones y profundos sentimientos que le susurraba con una suave y cadenciosa voz:
En tu interior rotundo de baldía soledad se sumerge la bondad en el ánfora del mundo, y en su silencio profundo suspira la poesía, al crecer esa armonía que en la vida se posó todo aquello que otorgó el néctar de cada día.
En tu mente las mundanas ideas y sinrazones, piden paso a borbotones entornando tus ventanas al paso de las mañanas y al mundo de los colores, cerrando con sus temores y miedo a la incomprensión, al tener otra visión del mundo y sus moradores.
Si
llegases a soñar de este mundo su evidencia, toda la mala conciencia al tenerse
que observar la podrías disipar regalando tus amores, esos enriquecedores guiños
de inocua bondad, a la honrosa humanidad de otros muchos moradores.
Como esto no lo he de ver, de tus mundos picassianos para mis días ancianos me conformo con saber, que en tu vida y proceder y en tu profundo interior, ves todo de otro color sin estrés y con paciencia, mientras tu bella inocencia se refugia en el amor.
Capítulo I
Al día
siguiente, el padre después de salir de trabajar, se dirigió a su casa con una
gran sorpresa, que le haría muy feliz a Iván.
Dos minutos antes de que llegase, por no se sabe qué razón y como si tuviese un reloj biológico con alarma programada, estaba preparado en el recibidor junto a la puerta, pero esta vez se le notaba inquieto. Al ver a su padre entrar con una sonrisa de lado a lado de la cara, se le acercó como esperando una noticia que intuía.
— Venga chicos, nos vamos de paseo, hoy me apetece ampliar el recorrido, si es que estáis todos de acuerdo. — Les dijo, y sacando con mucho sigilo unas entradas del bolsillo se las enseñó a la madre sin que Iván se diese cuenta. La madre ya advertida, preparó a Iván de una forma que solo ella sabía hacer para que supiera que esta vez el habitual paseo se convertiría en un pequeño viaje en el automóvil y que casi nada le pillara de sorpresa.
Al invitarle a subir al vehículo, el padre le explicó más detalladamente que harían esta vez un paseo por otra zona de la ciudad, donde había más carteles del delfín Serafín, pintados de diferentes formas al cartel que él conocía, para lo que necesitaban llegar en coche por estar dicho lugar algo más retirado que el paseo marítimo situado próximo a su casa.
Llegando al acuario de la ciudad, comenzaba a aparecer en continuos carteles anunciadores la imagen del delfín que todas las tardes encontraba Iván al final del paseo marítimo, junto a otras de diferentes formas y colores, como le había dicho el padre.
Aquello le provocó un estado de nerviosismo y con movimientos estereotipados, al llegar al secreto destino, salió del vehículo ya con el presentimiento de que le esperaba una jornada para recordar.
Con cara de sorpresa, dentro del acuario separado de la ensenada por unas gruesas y amplias cristaleras que daban la sensación de continuidad con el horizonte y el mar, marchaba de la mano del padre y seguidos por la madre, llegaron a las localidades que tenían asignadas en primera fila, y se dispusieron a contemplar el espectáculo.
Con un refresco y unas palomitas, se quedó atento esperando Iván en su asiento, y mirando al centro del estanque, como sabiendo que de él saldría de improviso una sorpresa.
Desde la megafonía, una voz se apresta a presentar a los protagonistas de aquel espectáculo:
— ¡señoras y señores!
— ¡Tengo
el honor, de presentarles a los mayores artistas que allende los mares vienen a
mostrarles todas sus habilidades, destrezas y simpatías!
— ¡Con
ustedes, Serafín el delfín saltarín!
Apenas el entrenador alzó las manos hacia el cielo, una silueta surcó el fondo de la piscina y emergió con la velocidad de un misil. Serafín rompió la superficie con una potencia asombrosa, elevándose unos impresionantes cinco o seis metros en el aire antes de volver a sumergirse, dejando tras de sí un estruendo de admiración y una ovación ensordecedora del público.
Tras la triunfal presentación, Serafín se sumergió, solo para reaparecer instantáneamente flanqueado por dos compañeros. En perfecta sincronía, los tres iniciaron un ballet acuático, saltando pausada y elegantemente, uno a uno, a través de un aro suspendido a dos metros sobre la inmensa piscina, y mientras tanto la voz del presentador resonaba: «¡Y junto al gran Serafín, sus fieles escuderos: Amín y Fleypin!»
Finalizado el preámbulo, los delfines se alinearon con precisión militar frente al entrenador quien, con un gesto definido, selló la actuación con un merecido festín de peces.
En el instante que se disponía a dar paso a otro ejercicio, se oyó un estruendo y en ese mismo instante se empezó a mover y vibrar el suelo bajo los pies de los que allí estaban.
El estruendo salía de la parte posterior a donde estaba el espectáculo, al moverse la estructura metálica que sostenía la cúpula, ello hizo que todos giraran el rostro hacia atrás, esos segundos de desconcierto fueron suficientes para no percatarse que Iván se dirigió hacia el delfín, que le miraba desde la orilla de la piscina.
Inmediatamente el speaker dio orden por megafonía, de que de una forma ordenada fueran desalojando las gradas, lo que la orden en lugar de provocar el efecto que se deseaba, hizo que algunas de las personas que se encontraba en las primeras filas de asientos, de forma despavorida comenzaran a correr hacia las salidas de emergencia.
En ese momento en el que se veían obligados a seguir la marea humana que les empujaban, se dieron cuenta que Iván no estaba con ellos y con esfuerzo por luchar contra corriente, consiguieron zafarse de aquella inercia de histeria y miedo.
Gracias a la ayuda del adiestrador de delfines, al darse cuenta de la angustia que la madre desprendía de su rostro, arrinconándoles en su círculo de trabajo, mientras aguardaban que se produjera el desalojo. Aunque se les hizo eterno fue rápido y pese al primer momento de confusión y miedo, relativamente ordenado.
Después de buscar al niño por todo el anfiteatro y viendo que no se encontraba allí, el empleado y entrenador del acuático les sugirió salir y buscar en la amplia explanada exterior, diciéndoles — Seguro que alguien le habrá auxiliado —, aunque la madre se negaba, pues sabía que su hijo difícilmente se iría con otra persona que no conociese.
En ese momento y oyendo el resquebrajar de la cúpula que envolvía la zona del acuario, el tiempo se detuvo cuando el crujido ensordecedor de la cúpula geodésica del acuario anunció el desastre. Un resquebrajar profundo, metálico y agónico resonó sobre los gritos de pánico. Los dos hombres, reaccionando por puro instinto de supervivencia, agarraron a la desconsolada madre de ambos brazos y corrieron hacia la salida más próxima. Sus pasos resonaban caóticos sobre el metal. Justo en el instante en que alcanzaron la cima de los amplios escalones superiores, un trueno de cristal roto desgarró el aire; la inmensa cristalera principal cedió, y el océano, liberado de su prisión, engulló la totalidad del circo acuático en un visto y no visto, transformando el paraíso marino en una mole de espuma y escombros. Justo en el mismo momento de subir los amplios escalones hasta el nivel superior, de donde salieron a tiempo de aquella mortal trampa que borró del mapa el complejo de entretenimiento acuático y dejó a los tres supervivientes con el trauma de haber escapado de la muerte por apenas segundos.
Durante horas, el dial radiofónico se convirtió en un funeral sonoro. No importaba la emisora que seleccionaras; todas escupían la misma crónica desgarradora: un sismo de magnitud 7,8 en la escala de Richter había fracturado la costa, seguido por una letanía de réplicas que, según los sismólogos, seguían bailando sobre la línea de falla. Las voces de los locutores, usualmente calmadas, temblaban al describir cómo el epicentro había convertido estructuras sólidas en polvo y recuerdos, dejando un paisaje de desolación absoluta.
El centro de la ciudad se había convertido en un auténtico infierno de cascotes y sirenas. Mientras las autoridades y los equipos de rescate trabajaban al borde del colapso, desbordados por la magnitud de la catástrofe y luchando a contrarreloj por imponer un orden imposible en aquel caos dantesco, la realidad se mostraba cruelmente selectiva. Las viviendas más humildes, aquellas de cimientos endebles, se habían desmoronado como castillos de naipes bajo la furia del seísmo. Sin embargo, en un giro irónico del destino, los mayores rascacielos demostraron una resistencia sorprendente. A pesar de los daños visibles en sus fachadas, sus estructuras principales permanecieron en pie, gracias a las normas de construcción sismorresistentes, salvando a cientos de personas y evitando que la cifra de víctimas fuera una auténtica tragedia de proporciones incalculables.
Aunque toda regla tiene su excepción sobre todo si no se aplica o se aplica mal, como quedaría demostrado con el estrafalario, futurista, vanguardista e icónico acuario, edificio de estructura arquitectónica submarina, que en su día las autoridades vendieron como un éxito en sus políticas de hechos consumados como un logro arquitectónico y de buena gestión y lo único que quedó demostrado fue el engorde de algunos bolsillos, pues la seguridad ante catástrofes sísmicas quedó literalmente por los suelos.
Mientras, las autoridades y los servicios de emergencias y urgencias ante catástrofes, no daban abasto a socorrer a los afectados e intentaban normalizar en lo posible aquel caos producido en la ciudad.
Los padres de Iván llevaban horas recorriendo todos los hospitales, comisarías y centros de acogida de afectados, buscándole, pues se negaban a asumir la nota oficial de la policía, decía que al estar tan cerca del estanque, se sospechaba que la marea humana provocada por el pánico hubiese empujado al muchacho al agua y, la ruptura y posterior grieta que se hizo en el muro del acuario que lindaba con el mar, engulló a Iván, por lo que provisionalmente le daban por desaparecido.
Fue un duro golpe, el impacto fue brutal, una losa insoportable sobre sus pechos. Se negaban rotundamente a aceptar el vacío de su hijo, aferrándose desesperadamente a una frágil esperanza: la idea de que un buen samaritano, un alma caritativa o algún ángel guardián lo hubiera puesto a salvo y sacado al exterior antes de que fuera tarde.
El enorme esfuerzo y las evidencias terminaron por derrotar y sumir en el cansancio y la desolación a los padres, que al comienzo de aquella tarde no imaginaban ni por lo más remoto que un momento tan feliz para Iván, les traería a ellos los momentos más amargos y angustiosos de sus vidas, por lo que se dirigieron a su casa con la esperanza de un nuevo amanecer, para con fuerzas renovadas seguir buscando a su amada he indefensa criatura.
Capítulo II
Iván
custodiado por los delfines y agarrado a la aleta dorsal de Serafín, habían
salido a alta mar por una enorme grieta que se abrió en el fondo del estanque,
por lo que los investigadores y peritos no estaban de todos desacertados en sus
elucubraciones.
Nunca podría haber imaginado, que el destino le tendría reservado el convertir en realidad aquellos sueños que todas las tardes le imbuía y le dejaba en ese estado de absoluto alejamiento de todo y de todos, más de lo que ya de por sí le alejaba su especial cualidad.
Tras el caos y desconcierto de los primeros momentos, el niño se acercó hasta el delfín que le miraba fijo, con la intención de darle palomitas, en ese mismo instante de máxima intensidad del seísmo, Iván cayó a la piscina sin que nadie se percatara de ello. Gracias a Serafín que estaba cerca y a las dotes natatorias de Iván, se mantuvo a flote y sujeto al delfín consiguió salir indemne de aquel tremendo desconcierto.
Algo que en ese justo momento era un trágico acontecimiento para algunas personas a quienes dio de lleno el terremoto, para él se convertiría en la mayor aventura que nunca hubiese soñado.
Ya en alta mar, los recién liberados mamíferos, tanto cetáceos como el humano, siguiendo al que pareció tomar el mando del grupo, Serafín, el cual parecía tener un rumbo fijo, se encaminaban hacia su destino, con Iván asido a su fusiforme cuerpo y como si el mar fuese su hábitat, iba alternando el viaje entre los demás delfines.
Después de cuatro horas de travesía, con sus varias paradas, cuando Serafín creía necesario para que Iván pudiera descansar de tan ajetreado viaje, llegaron a un archipiélago de pequeños islotes que rodeaban a una isla central, algo más grande, la cual no tendría más de cinco kilómetros cuadrados y curiosamente era la única que estaba cubierta por una frondosa vegetación.
Tras una extenuante travesía que se prolongó por casi cuatro horas —y que Serafín se encargó de ralentizar con varias pausas estratégicas, para que Iván pudiera recuperarse del ajetreo del viaje— el horizonte finalmente se rompió. Ante ellos surgió un caprichoso archipiélago: Como guardianes de un secreto, un conjunto de pequeños islotes rocosos custodiaba una isla central de mayor envergadura. Esta última, que no superaría los cinco kilómetros cuadrados, contrastaba drásticamente con sus vecinas, albergando en su corazón una frondosa y vibrante vegetación que desafiaba la aridez del entorno.
Serafín, emitiendo una serie de silbidos agudos seguidos de un chasquido vibrante que, en el lenguaje de los delfines, significaba claramente: «se acabó la aventura por hoy, pequeño humano». Quiso decirle a Iván que el sol se ponía y debían separarse. Increíblemente, Iván pareció entender la indicación, por lo que un impulso le puso sobre aviso. Con terquedad, y con una obstinación que sacaba de su interior en esos momentos en que su incomprensión le obligaba a actuar siguiendo sus más básicos instintos ; se aferró con una fuerza sorprendente a la aleta dorsal del delfín, haciendo caso omiso al aviso de que por hoy ya se había acabado el viaje. Serafín, viendo que el chico no se soltaba, decidió cambiar de táctica. Con un brusco movimiento de lomo y una vibración intensa, consiguió que Iván se soltara. Acto seguido, con suaves pero firmes empujones de su prominente y suave boca, lo empujó hacia la costa, obligándole a cubrir los últimos metros nadando hasta la arena.
Serafín, lanzó unos últimos silbidos de despedida, como una orden final.
Iván, a
su pesar y con un suspiro de resignación, se dirigió de una forma ágil y
decidida hacia la orilla, notando cómo la arena fina sustituía el agua
cristalina. Al llegar, con el rojo sol rozando el horizonte y tiñendo el mar de
púrpura, se detuvo. Sin adentrarse en la boscosa y posiblemente inhóspita
espesura de aquel paraje desconocido, su instinto de supervivencia, más
despierto que nunca, le hizo tomar la precaución de no adentrarse en la selva y
buscar un descanso tras su increíble aventura.
Después de echar un minucioso vistazo por la playa y su cercano contorno, escaneando cada palmera con mirada atenta, encontró, casi como un regalo divino cerca de donde llegó, una especie de cama natural hecha con hojas de palmera. Sin pensárselo dos veces, con la decisión que da el cansancio extremo, se echó en la mullida cama. Arropando su cuerpo casi desnudo con una palma seca para protegerse del relente nocturno, el pequeño Robinson se dejó llevar por un sueño profundo, arrullado por el susurrar de las olas.
A la mañana siguiente, los rayos de sol, intensos y cálidos, despertaron al pequeño náufrago. Mientras se desperezaba, sintió un vacío atroz en el estómago: tenía un hambre de mil demonios. Al levantarse y estirarse, sus ojos se abrieron de par en par. Junto al rudimentario camastro de hojas, se encontraba una gran variedad de frutas exóticas, coloridas y maduras, que no estaban allí la noche anterior. Sin más preámbulos, sospechas ni reparos, se sentó junto a ellas y se dispuso a saciar su acuciante apetito con aquel desayuno caído del cielo, sin ni siquiera reparar si aquellos manjares pudieran estar o no a su entera disposición o si alguien las había dejado allí.
Mientras sus mandíbulas devoraban la fruta con urgencia, entre el verde susurrante de las ramas, unos curiosos ojos redondos y diminutos, ocultos entre el espeso ramaje, escrutaban fijamente al inesperado vecino. Aquel intruso ajeno a la mirada inquisidora devoraba la fruta con fruición, esquilmando sin clemencia el pequeño tesoro de manjares que los habitantes de la isla habían reunido en su oasis donde se había colado sin permiso y, con total impunidad, les estaba esquilmando el sabroso manjar que habían recolectado con tanto esfuerzo durante la mañana.
Viendo uno de aquellos pares de ojos que el inquilino estaba saciado de comer y saliendo de su camuflaje, un pequeño mono se dirigió tímidamente hacia la fruta y agarrando un dátil, comenzó a comer delante de Iván, quien le ignoraba como si su presencia le fuera algo habitual.
Mientras, con un recelo instintivo que les erizaba levemente el pelaje y una precaución nacida de la supervivencia, mantenían una distancia prudencial.
Desde
allí, escudriñaban con inusitada curiosidad a aquel primate atípico: era
notablemente mayor en volumen, pero lo más perturbador era su piel, desnuda,
pálida y carente de pelo. Contrastaba drásticamente con las suyas, pues les provocaban
una mezcla de fascinación y repulsión, una extrañeza que los obligaba a
cuestionarse qué clase de criatura antinatural, tenían enfrente, algo que les causaban
una gran curiosidad, tímidamente alguno se acercaba a tocarle y después como si
se tratara de un acto de valentía, se retiraban dando saltos y chillidos.
Transcurrido el tiempo necesario para conocerse, consideró que el momento era el adecuado, tras haber cultivado una relación estrecha y sincera, la complicidad se consolidó y el silencio se volvió cómodo, por lo que Iván se incorporó con parsimonia y dirigió sus pasos hacia la playa, donde el mar se fundía con el cielo, y absorto en la inmensidad azul, clavó la mirada en la línea del horizonte. Allí, suspendido en la espera, no veía la hora de que sus amigos delfines aparecieran entre las olas, mientras aguardaba con nerviosa anticipación el salto y la caricia de sus queridos delfines, y fieles compañeros marinos.
Capítulo III
Durante
aquellas interminables horas, los padres de Iván se habían afanado por
escudriñar hasta el último rincón de la enorme plaza, recorriendo hospitales
colapsados y centros de acogida con el alma en un hilo, aferrándose a la
esperanza de encontrar a su desvalido hijo.
Tras un largo e ineficaz día, exhaustos y con la oscuridad de la noche imposibilitando proseguir la búsqueda, llegaron a su hogar, un complejo de moderna construcción, edificado bajo las más estrictas normativas sismorresistentes; una fría ironía que, dentro de la desgracia, les dejaba al menos un techo bajo el cual llorar y rezar por su amado e indefenso niño.
Allí, los abuelos de Iván esperaban en un silencio sepulcral, angustiados y desesperados, aguardando noticias. Al ver entrar a sus hijos, sus rostros desencajados y sus ojos vacíos confirmaron de inmediato los peores presagios, y que no tardaron en comprobar, solo con ver sus ojos. Ensombreciendo al instante cualquier esperanza que pudiera quedar en el aire.
Pasado el tiempo y sin que por ello se aliviara el dolor, en la más absoluta tristeza, habían transcurrido apenas quince días, aunque parecía haberse congelado en una perpetua y lúgubre penumbra. Sumidos en la más absoluta y desoladora tristeza tras el cataclismo, los supervivientes se congregaron bajo las bóvedas de la catedral. El aire era pesado, cargado de oraciones y el aroma a velas consumidas. Los rostros, marcados por el luto y el cansancio, buscaban consuelo colectivo en tan suntuosa y enorme edificación, la cual quizás, quien sabe, por algún milagro de aquel por el que estaba edificado el sagrado lugar, no sufrió ni el más mínima daño o grieta en su estructura.
En ese templo, símbolo de refugio, se elevaron ruegos fervientes no solo para honrar a las víctimas, sino con la dolorosa urgencia de hallar a quienes aún no habían regresado tras el seísmo. En medio de un silencio sepulcral, roto solo por sollozos ahogados, se celebró la solemne ceremonia. No era solo un adiós; las oraciones se elevaron con desesperación, clamando al cielo por el descanso de las almas perdidas y, con un hilo de esperanza, pidiendo el milagro de encontrar a los desaparecidos y, con el corazón en un puño, se aferraban a la fe en medio de la desolación.
Aquel lugar sagrado fue testigo del fervor de los padres de Iván. Llegaron con el corazón destrozado, buscando respuestas entre velas y oraciones. Su petición fue un ruego desesperado, con el alma en un hilo y la fe como único refugio. Como fervientes creyentes que eran, se postraron ante el altar no solo para suplicar por la pronta aparición de su hijo, sino para implorar que, estuviese donde estuviese, la gracia divina protegiera su salud, guiara sus pasos hacia la felicidad o, en cualquiera de los escenarios, que su alma fuese salvaguardada por la providencia.
Apenas unos instantes después de que la última nota del réquiem se disolviera en el aire, sellando el acto, El silencio que siguió a la ceremonia religiosa era denso, cargado de duelo. Fue entonces cuando el entrenador principal del complejo acuático, rompiendo la inercia del dolor, se abrió paso entre la gente hasta situarse frente a ellos y dirigiéndose con paso firme pero pausado, con el rostro marcado por una mezcla de profesionlidad y sincero pesar, se detuvo finalmente a pocos metros para abordarles.
Dando la sensación de que era lo que esperaba para entablar contacto, se presentó recordándoles quien era y a modo de preámbulo, les transmitió que, a pesar del luto, el asunto que venía a tratar no podía esperar. Sin más les comunicó que tenía información muy delicada sobre la desaparición de su hijo. Por lo que les invitó a que se acercaran a su casa, pues la información que tenía era confidencial y muy comprometedora, además de algo inverosímil, con el ruego de que no dijeran nada a nadie de la conversación que acababan de tener, hasta que les enseñara las pruebas que tenía en su poder.
Tras
el shock provocado por aquella intrigante y a la vez esperanzadora noticia, les
dejó una tarjeta con su dirección y sin darles oportunidad a digerir todo lo
que acababan de escuchar, invitó a la pareja desconcertada, a primera hora de
la tarde a su casa, desapareciendo de la escena Igual que había llegado.
Ya por la tarde se encontraron a la hora establecida y, antes de comenzar a hablar les dio un CD, indicándoles que le siguieran a una sala de trabajo donde tenía un equipo sofisticado de reproducción e invitándoles a sentarse frente a una gran pantalla instalada en la pared, se dirigió a ellos diciéndoles:
—
Aquí está guardada la última actuación del acuario del día del terremoto, Les cuento la gravedad del asunto: Debo decir que
se hacían copias de seguridad diarias para analizar cada movimiento, corregir
fallos y diseñar nuevas rutinas. Sin embargo, mi jefe vio esta grabación y la
respuesta fue fulminante: me ordenó destruir la cinta original y todas las
copias. La razón es evidente, por lo que les voy a decir: las imágenes muestran
una vulnerabilidad que ustedes podrían usar para pedir una indemnización
millonaria. Pues se dio cuenta de que la póliza de responsabilidad civil había
expirado hacía apenas unos días. Aunque estaban en negociaciones
para renovar la póliza, el hecho es que no se llegó a renovar, con lo cual la
única víctima en teoría que había causado el seísmo en el acuario quedaría cubierta
por el Estado, al ser un desastre natural.
—
¿Y que me quiere decir con esto, que mi hijo está vivo?, o que murió por causas
ajenas al terremoto — Le exhortó la madre a responder.
— No quiero darles ningún tipo de esperanzas infundadas, pues mi intención no es agravar el sufrimiento, pero sí que creo que deben saber todo lo que esté relacionado con la desaparición de su hijo, y esta grabación pudiera albergar un atisbo de esperanza, viendo las imágenes de los últimos momentos antes de que Iván se perdiera en el foso acuático y de los hechos posteriores.
Conectando el equipo de reproducción, le pidió a la madre aquel CD-ROM que sujetaba fuertemente entre sus manos y lo insertó en el reproductor. La imagen, granulada pero clara, cobró vida en la pantalla, envolviendo a todos en un silencio sepulcral.
—Presten
atención a la parte posterior del acuario —dijo con voz sombría.
En esa secuencia del video, se observa nítidamente como la estructura se estremeció violentamente, justo en el momento en que crujió por el estruendo, el tiempo pareció detenerse. Fue un acto reflejo, casi coreografiado: al unísono, la multitud giró la cabeza hacia la fuente del ruido. Sin embargo, en un rincón de la toma, el pequeño Iván ignoraba el caos. Se veía con nitidez cómo se acercaba a Serafín, ofreciéndole con su mano palomitas que sacaba de una bolsa.
Entonces, el suelo volvió a ceder. La vibración traicionera hizo que el niño resbalara, perdiendo el equilibrio y cayendo al estanque en un parpadeo. Cuando el pánico se desató y la multitud comenzó la desbandada, Iván ya había desaparecido bajo la superficie.
La madre, al ver la secuencia, lanzó un grito desgarrador que heló la sangre de los presentes, cubriéndose el rostro, negándose a ver el trágico final de la grabación.
Parando el reproductor, le dice el adiestrador, — Si tiene fuerzas, le aconsejo que vea la siguiente secuencia, no es tan cruel y si no le diera las suficientes esperanzas, al menos podrá comprobar la felicidad en el rostro de su hijo. — Sentándose de nuevo y agarrada fuertemente a las manos de su esposo, se dispuso a ver el resto del vídeo. Al caer Iván al agua, Serafín, con una agilidad pasmosa, se hundió en la profundidad del delfinario. Solo el burbujeo de la superficie rompía el silencio, hasta que, al cabo de un minuto y escasos segundos, el fiel cetáceo surgió de nuevo, trayendo a Iván sujeto a su aleta dorsal, como un caballero rescatado por su montura marina.
Iván
orbitaba el tanque principal, una silueta inquieta que pasaba desapercibida
entre la multitud, luciendo una amplia sonrisa, en su cándido rostro. El
momento clímax estalló en la reproducción: la grabación mostraba a Serafín
emergiendo con Iván aferrado a su lomo. La realidad superó a la imagen cuando,
en el estanque, el cetáceo impulsó a máxima potencia a Iván, quien se sujetaba fuertemente
de la aleta dorsal, dando vueltas alrededor del acuario sin que nadie se
percatara de ello y con una cara de felicidad poco habitual en el rostro
normalmente inexpresivo de Iván.
En el preciso instante que las imágenes mostraban como salían los delfines con Iván a lomos de Serafin, del recinto, se observaba claramente dirigiéndose como un proyectil submarino, directo, sin titubear, hacia la inmensa grieta a toda velocidad con el muchacho agarrado a la aleta de uno de los cetáceos, de frente hacia la cristalera que separaba el acuario de la libertad y, en el mismo instante de la explosión de la cúpula se sumergían, en ese momento quedó interrumpida la grabación.
Dirigiendo su mirada hacia los padres, con una mirada intensa.— Hemos revisado cada centímetro de la estructura colapsada que separaba el acuario del océano. Todo está derruido, sí... pero encontramos una brecha enorme en el sector norte. Una brecha directa al mar abierto.
Se acercó, con la voz cargada de una convicción forzada por la esperanza.
—No hay rastro de ellos, ni en el tanque ni bajo los escombros. Absolutamente nada. Eso solo significa una cosa: el resto de la manada y Serafín escaparon por ahí.
La madre
contuvo el aliento, aferrándose cada vez más a una ilusión latente en su
corazón.
—Sé que suena a locura, a fantasía desesperada —continuó él—, pero tengo la firme esperanza de que Iván está con ellos. Con Serafín. Ustedes me dijeron que el agua es su medio, que nunca le tuvo miedo a la inmensidad del mar y lo he visto con mis propios ojos.
El entrenador se acercó a la pantalla donde se reproducía el vídeo de seguridad una y otra vez.
—Miren las imágenes de nuevo —señaló con el dedo tembloroso— Miren la seguridad, la confianza ciega con la que Iván se vinculó a Serafín al instante. No fue un encuentro casual, fue... un reconocimiento. Les aseguro, y me juego mi reputación en ello, que ese delfín no abandonaría a su hijo. Serafín lo está cuidando.
La madre, sin dirigirle una sola palabra, solamente con un reflejo de esperanza en su rostro y con sus ojos, le rogaba a que le diese un plan de actuación para comenzar una búsqueda, que a primera vista parecería algo complicada por no decir imposible.
El adiestrador que llevaba días planteándose esta cuestión, siguió con su argumentación:
— Debo
decirles que aunque algo complicado, existe una posibilidad de iniciar una
búsqueda organizada y con un plan establecido. Escuchen bien, porque esto no será un paseo por la
playa —dijo, golpeando la mesa con los nudillos para enfatizar— La situación
es crítica, pero no desesperada. Hay una vía, un plan de acción concreto.
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz a un tono confidencial pero urgente.
— Serafín no es un cetáceo cualquiera; es un activo veterano. Fue entrenado por la Armada para la detección de minas submarinas. Eso significa que lleva un chip localizador de grado militar, sellado bajo la piel. Si conseguimos acceder a sus antiguos dueños, podemos forzarles —o rogarles— que nos cedan los parámetros de frecuencia de transmisión.
Miró fijamente a los presentes antes de añadir el último detalle:
—Y si jugamos bien nuestras cartas, podríamos conseguir su hoja de servicios. Si logramos esquivar la etiqueta de "materia reservada", ese histórico nos dirá exactamente dónde operó, dándonos un punto de partida exacto.
—Me parece una excelente idea. —Le decía el padre, de una forma entre esperanzadora y preocupada, pero existe un grave problema y es que no tenemos ni los medios ni el dinero para emprender tan costosa búsqueda, además, que si así fuera, no tengo claro que la Armada fuese a prestarnos tal información, pues podrían aludir en su negativa, que por seguridad del Estado, no nos lo podrían facilitar.
—También he pensado en ello, antes de dirigirme a ustedes, he sopesado todos
los pros y los contras para asegurarme de que no les daría falsas esperanzas,
aunque estas, debo reconocer que son remotas.
Creo también que es una idea fundamentada y que con trabajo y una gran dosis de suerte, podría llegar a buen puerto, nunca mejor dicho. Además, como no pienso esperar a que me despidan de mi trabajo por no haberme desecho de las pruebas que les implicaban, tomé la decisión de trabajar con unos amigos oceanógrafos, a quienes les propuse usar esta búsqueda como un proyecto, para una serie de documentales que vayan narrando la búsqueda y peripecias de la travesía, por donde nos pueda llevar la huella del delfín... si ustedes quieren, claro está.
—No les prometo nada, pero creo que es la única forma de mantener las esperanzas. Aunque lo cruel esté implícito también en ello, pues la idea parece descabellada, por ser como buscar una aguja en un pajar. Si les parece el proyecto adecuado como prometedor, les puedo poner en contacto con los patrocinadores y una vez firmado el contrato nos pondríamos de inmediato a confeccionar los planes de la búsqueda de su hijo.
—A mí me parece una buena idea. —Dijo la madre, emocionada y levantándose de la silla se dirigió al adiestrador. —Yo autorizo a lo que haga falta por muy remota y descabellada que sea la idea, aunque pongo una condición y es que pueda embarcar en el buque oceanográfico.
A lo que le contesta.—Esta cuestión la tendrá usted que negociar con ellos, pues yo no tengo autoridad para concederle su petición, debo decirle que la travesía en un buque oceanográfico no es igual que en un crucero.
Replicándole la madre de Iván.—Me da igual, como si me tengo que embarcar en un cascarón de nuez, estoy dispuesta a hacer lo que fuese necesario, siempre que exista por muy remota que sea, la esperanza de poder encontrar a mi hijo.
Después
de muchos trámites, negociaciones y presentaciones del proyecto a todos los
órganos estatales que pudieran tener alguna responsabilidad en la concesión de
los recursos que se necesitaban para acometer la inaudita aventura de la
búsqueda y localización de Iván, más la búsqueda de patrocinadores privados, y tras conseguir la suficiente liquidez para
llevar a buen puerto el proyecto se planificaron las fechas de puesta en marcha
de la operación “Salvamento”, como se le había denominado.
Una mañana soleada de principios del verano, se encontraron en el muelle, todos los integrantes de la expedición y uno a uno fueron subiendo al buque, dispuestos a emprender una travesía diferente a las habituales aventuras que hasta ahora habían mantenido, en busca de simas marinas, con raros batiscafos o por lejanos y exóticos mares siguiendo a tortugas marinas, ballenas o tiburones.
El capitán, prestigioso estudioso del medio marino, con la autoridad que solo confieren décadas de inmersión en los abismos, aguardaba en el puente. Al verla, su expresión seria se suavizó en una sonrisa cortés. Tomó su mano con una delicadeza casi científica, inclinándose con la precisión de un gentleman victoriano.
— Bonjour madame, es un placer volver a verla, sea usted bienvenida, en un momento el sobrecargo le acompañará a su camarote. A las 12 horas se celebra el almuerzo en el comedor de cubierta, no se retrase que estos marineros tienen un apetito voraz. —Le comentaba con una seductora sonrisa.—Después tendrán un tiempo para adaptarse al barco y a las 18 horas tendremos una reunión en el salón contiguo, donde presentaremos el orden de trabajo a seguir y la misión y quehaceres del día siguiente de cada uno de nosotros, así que hasta más tarde. Que tenga usted una buena travesía.
Asintiendo con elegancia, se dirigió al caballeroso Capitán, diciendo:
—Muchas
gracias, Capitán. Confío en encontrarme pronto en cubierta con ganas de
trabajar, aunque espero que el mar esté más tranquilo de lo que anuncian.
—¡Oh, ya sabe cómo es este océano, una amante caprichosa! —respondió él con una sonrisa seductora, mientras hacía una seña al oficial de cubierta.—De cualquier forma, la comida de hoy le hará olvidar cualquier mareo. El cocinero ha preparado su especialidad.
Después de una fraternal comida y tras apurar el último sorbo de café, el ambiente en la mesa pasó de la camaradería a una tensión eléctrica. El capitán, golpeando suavemente su copa con el cuchillo para silenciar el murmullo, se puso en pie.
—Señores —dijo, clavando la mirada en el grupo —la comida ha estado excelente, pero lo que nos espera fuera no lo será. Por Iván. Para que en breve esté a bordo.
Un "¡Por Iván!" unísono resonó en el comedor, sellando la promesa con el tintineo del cristal.
Sin más dilación, el grupo se trasladó a la sala de conferencias, un espacio frío dominado por pantallas táctiles y mapas digitales, donde el Capitán tomó la palabra para marcar las pautas a seguir.
—Bien, al grano —inició el capitán, proyectando un punto parpadeante en el mapa.
—Tenemos una ventana de operación estrecha. El
radar y el sonar funcionarán al unísono.
Se giró hacia la mujer que le acompañaba, indicándole las funciones de los especialistas y responsables del operativo y acto seguido, se dirigió a los especialistas:
—Contramaestre,
asegure que el equipo audiovisual esté listo para transmitir en tiempo real, no
quiero fallos en la documentación.
Oficial
de operaciones, quiero ese espectro electromagnético limpio; usted se encarga
de las emisiones controladas, ¡no detectables!
—Entendido, capitán. El radar está ya en modo pasivo —respondió el antiguo oficial de la Armada, sin apartar los ojos de la consola.
Biólogo, médico, segundo oficial, repasen los protocolos de contención. El operador de sonar me avisará de cualquier contacto inusual.
Todos los
días al final de la jornada, nos reuniremos en el salón, para planificar los
trabajos del día siguiente y estudiar los datos y detalles de interés
acontecidos en el transcurso de la jornada. Por lo que siguiendo nuestro patrón
de actuaciones definido, doy la orden para que nos pongamos de inmediato manos
a la obra. Suerte y buenos vientos.
El capitán cerró el puño sobre la mesa.
—La misión comienza ahora. A sus puestos.
Una vez puesto rumbo en busca de una señal y siguiendo unas coordenadas basadas más en hipótesis y en una parte del histórico del patrón de trabajo de Serafín, que en fundamentos de rigor, calcularon la partida usando las corrientes marinas y los bancos de peces que marcaba el radar, se pusieron todos y cada uno de los componentes de la expedición, manos a la obra, cada uno con las directrices y asignaciones claras y concisas según sus responsabilidades y ocupación.
Al día siguiente en la reunión programada, el oficial de operaciones pidió la palabra al comandante para informar que tenía una buena noticia, pues momentos antes de la reunión acababa de detectar una débil y lejana señal con la frecuencia del emisor que lleva el delfín, por lo que pidió permiso para que se pusiera rumbo hacia la señal detectada.
Capítulo V
Aquella soleada mañana, Iván, con la mirada perdida en el azul y despejado horizonte, vio reflejada unas finas estelas en la calmada mar, en ese instante rompiendo las blancas líneas que cortaban las suaves olas, observó como saltaban sus cetáceos amigos, parándose todos a una distancia prudencial de la costa. Uno de ellos se adelantó un poco más y sacando medio cuerpo del agua, con un silbido característico pareció como si le dijese a Iván, “adelante, te estamos esperando,” y sin pensárselo dos veces el muchacho se lanzó al agua, nadando hasta donde se encontraba su protector y peculiar amigo.
El lomo de Serafín era un proyectil plateado surcando el océano. Iván cabalgaba las olas, no sobre ellas, sino integrado en su movimiento, agarrado a la aleta de su cetáceo amigo con una fuerza que desafiaba la gravedad. Sentía la vibración de Serafín, una sintonía subacuática que le advertía cuándo la adrenalina debía dar paso a la calma. Detectando la fatiga muscular del muchacho, el delfín reducía el ritmo drásticamente, pasando de saltar entre la espuma a un deslizamiento suave, casi místico, sobre aguas cristalinas que acariciaban la piel.
Iván, ajeno al pánico que esa velocidad habría provocado en sus padres semanas atrás, respiró hondo. La confianza le hervía en las venas. Con una agilidad insospechada, impropia del chiquillo torpe y ensimismado que solía ser, Iván se impulsó, saltando de Serafín a otro miembro de la manada, rozando la superficie del agua antes de caer en el lomo del siguiente.
«¡Soy viento! ¡Soy agua!», emitía un gritó mudo al viento y que resonaba en su mente, la euforia silenciando el eco de las antiguas voces que le decían «ten cuidado».
Atrás quedaba el Iván de las contadas palabras, el
de la mirada perdida en rincones vacíos y los gestos estereotipados que
inquietaban a todos. El chico que vivía asfixiado bajo el exceso de celo
paternal, ese que apenas sabía valerse por sí mismo en el mundo de tierra
firme, había muerto. Aquí, en el azul infinito, ya no era un niño con problemas
de autonomía. Era el jinete del mar, el amigo de los delfines, dueño absoluto
de su propia libertad.
Después del paseo marino matinal, y cuando Serafín creyó que ya era suficiente,
se aproximaron a la isla de donde a primera hora de la mañana le habían
recogido y ya sin ninguna resistencia por parte de Iván se soltó de Serafín y
nadó hasta la orilla, donde le esperaban sus amigos primates con un suculento
aprovisionamiento de frutas.
Iván parecía familiarizado con aquellos animales como si se conocieran de siempre, lo que le ayudó a subsistir en la perdida isla.
Todas las mañanas, lo primero que hacía Iván cuando despertaba era acercarse a la orilla de la playa para mirar al horizonte, buscando esas familiares estelas que dejaban en el agua sus oceánicos amigos, después de un tiempo oteando la lejanía sin divisar el mínimo rastro de ellos, se dirigía tras los pequeños primates al interior de la isla donde se encontraba un claro y limpio embalse surgido de un manantial y junto a los primates bebía hasta calmar la sed.
Después
de un tiempo de convivencia con sus casuales vecinos, comenzó a imitarles en
sus formas para la localización de comida, por lo que tuvo que ampliar las
habilidades aprendiendo a trepar a los árboles, la imitación se convirtió en supervivencia. Al
observar a sus vecinos, entendió que el festín estaba en las alturas. Sus
primeros días trepando fueron un ejercicio de humildad: apenas lograba subir a
los árboles jóvenes, quedando a merced de lo que otros desechaban. Sin
embargo, la persistencia dio sus frutos.
Poco a poco, el miedo a las alturas se transformó
en audacia. Aprendió a medir la resistencia de cada rama, ganando la destreza
necesaria para desafiar la gravedad y conquistar las copas de los árboles más
imponentes, accediendo por fin a los manjares que antes le estaban vedados y
que ahora ayudado de una bolsa de tela donde solía llevar su cuaderno,
pictogramas y demás elementos identificativos, recolectaba la fruta de una
forma incluso más productiva que sus compañeros de vivencias.
Los días en la isla se deslizaban como arena entre
los dedos, atrapados en un bucle de calma chicha. Sin depredadores que
acecharan, la vida corría el riesgo de volverse insípida, si no fuera por la
adrenalina que Iván buscaba en el horizonte.
El tiempo en la isla no transcurría; se
arrastraba en una monótona placidez, interrumpida solo por el rítmico
chocar de las olas. La vida de Iván se había reducido a una existencia idílica,
casi salvaje, donde la adaptación no fue solo plena, sino absoluta.
Cada mañana, sin falta, Iván trepaba a la roca más alta, con el sol apenas despuntando, para escudriñar el horizonte con urgencia.
Al ver la aleta dorsal cortar el agua, una sonrisa genuina rompió la expresión de concentración de Iván.
Esa búsqueda, esa pequeña conexión, era el único anclaje que mantenía a Iván unido a algo parecido a una "preocupación", convirtiendo la rutina en una aventura compartida con el mar.
Capítulo VI
La
frustración empezaba a calar en la tripulación. Habían avistado a la manada en
múltiples ocasiones, sus lomos plateados rompiendo la superficie con insultante
naturalidad, pero ni rastro del niño. El mapa en la mesa de navegación estaba
saturado de líneas rojas; un laberinto que no llevaba a ninguna parte.
Después de varias semanas persiguiendo la señal del delfín, viendo los rumbos que iban trazando, y del avistamiento de los fusiformes mamíferos acuáticos en varias ocasiones sin ver ni rastro del niño, el Capitán expuso sus conclusiones en la reunión de coordinación de operaciones.
— Aunque sea descabellada la idea, siguiendo los mapas de navegación, las rutas marinas de los delfines y trazando en ellos los rumbos establecidos por el grupo, creo que están tratando de alejarnos del verdadero objetivo, pues cuando nos acercamos a ellos se separan de los bancos de peces de los que se alimentan dirigiéndose justo hacia las coordenadas opuesta al último avistamiento,
El Capitán, con la mirada endurecida por la sal y el insomnio, dirigiéndose a los oficiales, técnicos y demás participantes en la operación “Salvamento”. Golpeó el mapa con el nudillo, señalando el vacío.
—Llamadme loco si queréis, pero he analizado nuestros rumbos contra las rutas migratorias de estos animales —empezó con voz grave, escudriñando las caras de sus hombres —Nos están queriendo tomar el pelo. No es casualidad: cada vez que logramos acercarnos, abandonan los bancos de peces, ignorando su instinto alimenticio, para tomar un rumbo diametralmente opuesto a donde realmente se quieren dirigir.
Hizo una pausa para dejar que la conclusión flotara en el aire viciado del camarote.
—Esto no es comportamiento natural. Nos están guiando hacia la nada, creando un laberinto de falsas pistas. No quieren que tracemos una línea segura de trabajo, caballeros. Su objetivo es que nos perdamos, parece como si quisieran que no se trazara una ruta predeterminada donde poder buscar. Eso me lleva a pensar en dos hipótesis:
—La primera es que, al no poder mantener a Iván en el agua de continuo, deben haber encontrado un refugio, un lugar en tierra firme donde ocultarlo durante la noche.
Hizo una pausa y clavó la mirada en la nada, antes de continuar.
—Y la segunda... —se interrumpió, desviando la mirada hacia el amplio ventanal de la cabina de mando, buscando las palabras más benévolas que pudiera encontrar, aunque sabía que ninguna suavizará el golpe.
—Excuse moi madmme —continuó, cambiando el tono a uno más formal y cortante.
—Aunque mi misión es intentar llevar a buen término el trabajo para el que he sido reclamado, debo recordar que el rigor no es una opción, sino un deber. Me corresponde sopesar, estudiar y exponer todas las hipótesis, por muy desgarradoras que sean.
Suspiró, sosteniendo la mirada con una mezcla de lástima y frialdad profesional.
—Por lo tanto, debo decir que, por muy cruda que resulte la realidad, cabe la posibilidad —apenas un susurro— de que Iván se ahogara.
Poniéndose en pie, la madre de Iván se dirigió al resto. —Después de estar dando palos de ciego persiguiendo a este grupo de delfines, me niego a pensar que todo haya sido en vano, creo que deberíamos buscar alguna estrategia para intentar averiguar el lugar donde pudieran esconder a mi hijo, pues tengo la intuición de que Iván está vivo, me lo dice el corazón.
La madre de Iván se incorporó con parsimonia, dotando a su silencio previo de un peso insoportable. Se alisó la ropa y clavó sus ojos en el líder del grupo antes de volver a dirigirse a todos los presentes en la sala, con una mirada circunspecta, pero decidida.
—Escúchenme bien —dijo, con voz trémula pero firme—. Llevamos semanas dando palos de ciego, persiguiendo sombras y delfines en este inmenso océano. Me niego rotundamente a aceptar que este sacrificio haya sido en vano. Mi corazón no es un traidor, y me grita, me clava la certeza, de que no debemos perder la esperanza.
—Basta de rodeos. Tras estar persiguiendo a ese grupo de delfines sin resultados tangibles, la frustración ha superado a la paciencia. Sin embargo, no aceptaré la derrota. Si esos animales son la clave, debemos cambiar la táctica para forzarlos a revelarnos dónde están ocultando a Iván. Sé, con una certeza que me quema por dentro, que mi hijo está vivo. Necesito que esta mesa empiece a actuar con la convicción de encontrarlo, no solo de buscarlo.
El segundo de a bordo, mano derecha del Capitán y un oceanógrafo obsesionado con la cartografía, sintió que era el momento. Llevaba noches sin dormir, con los ojos inyectados en sangre sobre las cartas náuticas. Con un movimiento brusco, desplegó un plano inmenso sobre la mesa de mapas, haciendo vibrar los instrumentos de navegación.
—¡Cámara! —rugió, sin apartar la vista del papel—. Enfoca aquí, que esto lo vea todo el mundo.
—Enfoca el mapa. —Le dijo al cámara, que rodaba casi de continuo— he comprobado que por muchos cambios de rumbo, siempre siguen las corrientes marinas donde localizan los bancos de peces, cuando llegan a la misma latitud se desvían de dichas corrientes y se dirigen hacia un lugar determinado. No dije nada al respecto, pues cuando pensaba que había localizado el punto de partida de los delfines, dejaron de actuar de tal manera, cambiando a rumbos diferentes en cada ocasión cuando intuían que eran perseguidos.
Por lo que propongo que nos dirijamos al punto de partida de este rumbo y esperemos alejados lo suficiente como para que no puedan detectar nuestra presencia.
—He analizado la telemetría durante días —comenzó, con voz ronca pero firme—. Esos malditos delfines no siguen corrientes al azar. He comprobado que, sin importar los cambios de rumbo, siempre se guían por las mismas corrientes para localizar los bancos de peces. Pero hay un patrón: cuando alcanzan esta latitud exacta —señaló con el dedo índice, firme como el de una
estatua— abandonan la
corriente y se desvían drásticamente hacia un punto ciego.
Se tomó una pausa dramática, mirando a los ojos al Capitán.
—Callé la primera vez, pensé que era una anomalía. Cuando creí localizar su base, cambiaron su comportamiento por completo; supieron que los seguíamos. Son inteligentes, capitán. Por eso, mi propuesta es esta: olvidemos la persecución directa. Naveguemos hasta este punto de partida, aquí, y esperemos en silencio absoluto. Suficientemente lejos para ser invisibles, suficientemente cerca para caerles encima cuando menos lo esperen.
Capítulo VII
Como
todas las mañanas, por rutina, Iván se dirigía a la playa para surcar los mares
junto a sus cetáceos amigos, pero de tarde en tarde por razones que no
terminaba a entender, algún que otro día no aparecían, se quedaba al principio
desasosegado, hasta que con el tiempo comprendió que aquello era habitual.
Las primeras veces que le ocurrió tan preocupante ausencia, a la mañana siguiente esperaba en la orilla de la playa vigilante y nervioso a que apareciesen a lo lejos las características estelas que dejaban los delfines en el agua, y cuando veía saltar y silbar a Serafín haciéndole las indicaciones que esperaba para introducirse en el mar, Iván salía como un rayo a lanzarse al agua para alcanzar a su amigo Serafín.
Cuando llegaba Iván hasta su amigo, en lugar de sujetarse a su aleta dorsal como de costumbre, se abrazaba a Serafín, quien con un clic le daba a entender que se agarrara a su aleta para partir a sus ya rutinarios viajes.
Los días pasaban surcando plácidamente el mar, por las mañanas junto al grupo de delfines, quienes se dirigían a los bancos de peces, y que al usar la ecolocalización detectaban la posición y densidad de los peces bajo el agua, lo que les permitía coordinar esas complejas maniobras.
Una vez alcanzado su objetivo, Serafín y sus dos compañeros nadaban en círculos pequeños alrededor del banco de peces mientras soplaban ráfagas de aire. Las burbujas creaban barreras físicas y visuales que confundían y agrupaban a los peces. Tras quedar aturdidos utilizaban su aleta caudal para golpear a los arenques y las sardinas para luego atraparlos.
Los primeros días Iván permanecía de espectador a lomos de alguno de los delfines, cuando los otros dos se dedicaban a darse el festín y después alternaban con el cuidado de Iván, hasta que vieron sus amigos cetáceos que era menos costoso y mas rentable trabajar los tres en equipo, por lo que se decidieron a dejar a Iván en el agua mientras pescaban.
Serafín, con el tiempo, enseñó a Iván a alimentarse de los peces que previamente habían pescado con certeros golpes de su aleta caudal. Al realizar la pesca a última hora de la mañana, la apremiante hambre terminaba por forzar el instinto de supervivencia de Iván.
Ya por las tardes la rutina era sagrada: jugaba en la arena de la playa y ayudaba a recolectar frutas, junto a sus amigos primates. Y con una forma de participación jerárquica y organizada todos contribuían en mayor o menor medida en recolectar los frutos, unos los más dotados subiendo a las copas más altas donde se encontraban los mayores y más dulces. Abajo, las hembras jóvenes con sus crías a cuestas, junto con los ancianos o impedidos recogían con destreza del suelo el producto que caía como el maná, del cielo.
Capítulo VIII
Los
expedicionarios que aguardaban en el buque oceanográfico, viendo como todas las
mañanas se aproximaban los delfines hacia un pequeño archipiélago perdido en el
mar, decidieron acercarse más al punto donde parecía que llegaban, paraban y
daban la vuelta.
Al amanecer, el océano parecía guardar un secreto. Las cámaras de seguridad, enfocando el horizonte, captaron un movimiento inusual que pronto se convirtió en el epicentro de la estupefacción general. Cuando la primera cámara de vigilancia exterior enfocó con más detenimiento la coreografía que hacían la espuma de las olas del mar con el ballet acuático de delfines y una figura humana, en ese momento el café de la mano del técnico se detuvo a medio camino. "¡Alerta en el sector cuatro, amplía eso!", exclamó, con la voz quebrada. En la pantalla, la realidad desafiaba toda lógica: no era una embarcación, era un niño. El pequeño, desafiando las leyes de la física, surcaba las olas agarrado a la aleta dorsal de un delfín mular. Lo más perturbador, sin embargo, no era su presencia, sino la asombrosa sincronización; el niño saltaba de un mamífero a otro con la agilidad de un trapecista, en un baile simbiótico que dejó a todo el equipo, de pie y con la respiración contenida, en un silencio sepulcral. Las imágenes eran una mezcla de belleza salvaje y una naturalidad que rayaba lo imposible.
Aquella adaptación de un niño frágil en su mundo y tan desenvuelto en un medio en teoría menos propicio al hombre, algunos lo catalogaban de inaudito y otros de milagroso. Después del shock colectivo causado por aquellas impactantes imágenes, inmediatamente se dispusieron a trazar un plan para recuperar a Iván.
Al amanecer, el sol apenas teñía de naranja el horizonte mientras Iván y su manada se adentraban en la inmensidad del azul profundo. La calma era engañosa. De repente, el buque, que había recortado distancias durante la noche como una sombra amenazante, emitió un zumbido vibrante. No fue solo un ruido, fue una onda física de baja frecuencia que desgarró el agua.
Los delfines, con sus sentidos hiper desarrollados, se sumieron en el caos. Aullaron desorientados por el ataque sónico que convertía su sonar natural en una tortura. El mar, antes su refugio, se convirtió en una trampa ensordecedora. El intenso sonido de baja frecuencia que aturdió a los delfines en el momento en que Iván saltaba de uno a otro, soltándose y quedando en el agua, inmediatamente una lancha que estaba preparada para perseguirlos, se acercó hasta Iván y lo rescataron del mar.
Una vez en el barco, su madre arrebatándoselo de las manos al marinero que lo había rescatado del mar, le agarró entre sus brazos y, comiéndoselo metafóricamente a besos se dispuso a llevárselo a su camarote, en ese momento el Capitán dio la orden a uno de los marineros para que le llevasen al dispensario médico donde fue examinado con un exhaustivo reconocimiento. Viendo que el niño estaba en plenas facultades físicas, se lo devolvieron a la madre quien agarrándolo entre sus brazos lo llevó hasta su camarote, con tal resplandor de felicidad en su rostro que iba iluminando a su paso el estrecho pasillo.
Epílogo
Aquella
noche, se dispuso a cantarle la madre su canción favorita, una de las melodías
machaconas, que se escuchaban continuamente en las cuñas de radio donde
anunciaban el espectáculo de aquel infausto delfinario.
La madre veló el sueño de Iván, con el corazón desgarrado por una culpa oculta y punzante, sintiéndose el verdugo que le había arrancado brutalmente de su verdadero mundo.
Finalmente, el agotamiento físico la venció, obligándola a ceder, pero su paz era una fragilidad ficticia; bajo la máscara de calma aparente, latía el temor atroz de haber destruido para siempre la seguridad de su pequeño. Sin embargo, aquellos pensamientos tortuosos no la eximían de su deber de amor, y a modo de nana, comenzó a cantarle con ternura, balanceándose en una cadencia melódica y susurrante, una canción que parecía brotar de sus heridas:
El agotamiento no la venció, en su paz ficticia, bajo la calma aparente de su rostro, latía el temor de haber destruido la seguridad de su pequeño. Aunque aquellos pensamientos, no la eximía, de a modo de nana, cantarle con ternura y con cadente forma interpretativa una susurrante y melódica canción:
En los mares lejanos
habitaba un delfín
llamado
Serafín
que junto
a sus hermanos
saltaban
muy lozanos
las
crestas de las olas
haciendo
mil cabriolas
bailaban
en el aire
y con
grácil donaire
andaban
con sus colas.
Serafín,
Serafín
en mis
sueños te veo
Serafín,
Serafín
guardando
mi deseo
Serafín,
Serafín
no te
vayas muy lejos
Serafín,
Serafín
contigo
mis complejos
se alejan
con los sueños
y se
hacen muy pequeños.
Aunque a mitad de la canción Iván quedó plácidamente dormido, la madre siguió hasta el final, pues si no lo hacía así, el muchacho no tardaría en despertar, las rutinas había que cumplirlas.
Después de estar una gran parte de la noche, en vela vigilante del sueño de Iván, la feliz y dichosa madre terminó rendida en los brazos de Morfeo, con la satisfacción del deber cumplido reflejada en su rostro, y también con la preocupación interior de saber que le acababa de arrebatar a su amado hijo la forma de vida donde él se sentía integrado, sin ningún tipo de tapujo, traba o impedimento social.
De repente, se despertó y desde la cama con su cabeza acariciada por una mullida y suave almohada vio por el ojo de buey la luz de la luna llena acariciando el mar por el horizonte, y surcando entre sombras y reflejos unas estelas rompían las olas, mientras se alejaban. Aquel sobresalto que tuvo y que de una forma abrupta la despertó, la heló la sangre. Al incorporarse, fijó con más atención la vista por el ojo de buey y que enmarcaba la luna llena reflejada sobre el mar, acariciando las olas. Y posó su mirada en aquella estela de espuma que se alejaba, en la oscuridad.
El pánico la paralizó. Lo que la hizo volver a reclinarse en el catre en posición contraria al acristalado y circular hueco por donde entraban los reflejos de una tenue y triste luna y con el alma encogida no se atrevió a invertir aquella posición que el miedo la hizo tomar.
Su ser íntimo, en un último sacrificio, deseaba la libertad de Iván, aunque eso significara su propia desolación. Se reclinó de nuevo, temblando, mientras la luna era devorada por nubes negras. En el camarote a oscuras, una lágrima amarga y salada, con el mismo sabor del mar que la separaba de su vástago, resbaló por su mejilla, sellando el silencio de una ilusión rota.
Por un momento un impulso neuronal la pedía acercarse al catre al otro extremo del camarote donde debía de estar Iván durmiendo plácidamente, pero no se atrevió por temor, a volver el rostro hacia el catre, pues en su más íntimo ser solo quería la felicidad de su hijo; tan solo giró un momento su cabeza y miró de nuevo por el ojo de buey, la luna llena como se ocultaba entre aquellas oscuras nubes. En el mismo momento que se le humedecían los ojos con las lágrimas saladas como las gotas de agua del mar que le susurraba, diciéndole, que esa decisión haría inmensamente feliz a su pequeño y único vástago.
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