Conjuro

Si el odio se te instala
en tu alma dolorida
búscale una salida
sin tocar generala.
La guerra siempre es mala
para sanar la herida
a no ser que en tu mente la partida
la llevaras con mucha estima a gala 
al pensar que te avala
la dignidad de tu razón ungida.

No preguntes aquello que no quieras
saber de tus amigos
ni creas a testigos
de los que un día huyeras.
A veces las maneras
de contar las versiones
son causa de aversiones
de mentes prisioneras
ocultas en trincheras
de todas sus intimas convicciones.

No fíes a quien vende
verdades absolutas
ni de todas sus formas impolutas
que con pomposidad siempre desprende.
Si la falsa humildad
se te pega en los pies
muestra desinterés
y busca la verdad
entre la más profunda intimidad
de tu sentir burgués.

Al saber que el futuro
está por descubrir
quiero yo conseguir
sentirme más seguro.
Así intento y procuro
para un mejor dormir
saber al fin vivir
sin vestirme de duro
haciéndole un conjuro
al negro porvenir.




Tenemos lo que nos merecemos

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Todo aquello que perdemos
si nunca lo hemos querido,
¿por qué nos lo merecemos
si nunca lo hemos tenido?

Es lo que pensaron cuando 
vieron llegar las desgracias 
aquellos que están callando
pasadas ineficacias.

Y ahora mientras les llega
el barro hasta sus conciencias
buscan entre la refriega
dividir las consecuencias.

Pues todos esos blasfemos
que guardan sus inmundicias
entre los actos extremos
esconden viejas codicias.

Los humanos nos preciamos
de usar nuestra inteligencia
a la vez que despreciamos
nuestra efímera existencia.

Si te sientes engañado
no mires al oponente
piensa que lo que has votado
es el acto consecuente.

Las mentiras se solapan
con las rebajas de impuestos
mientras los chanchullos tapan
a innobles y deshonestos.

Las verdades cuando duelen
no queremos asumirlas
porque en la memoria suelen
quedar como las esquirlas.

Los de siempre se disfrazan
con símbolos y banderas 
con insultos y amenazas
persiguen a sus quimeras.

Y miran para otro lado 
cuando con la negligencia
queda el hecho probado
del mal y la incompetencia.

Tiempo y solidaridad 
es todo lo que nos queda
y aunque aflore la verdad
hagamos lo que proceda.

No es lo mismo equivocarte
que ser un completo inepto
quien no deja su ego aparte
no tiene claro el concepto.

La indolencia y la mentira
si causa daño y dolor,
no digas que se conspira
con tu buen hacer y honor.

Para asumir consecuencias
de la execrable gestión
atendamos las urgencias
y arreglemos el error.

Todo aquello que tenemos
si nunca lo hemos pedido,
¿por qué nos lo merecemos
si nunca lo hemos querido?












Al César lo que es del César

El aire del claustro milenario era denso, impregnado de polvo flotante y de un frío que parecía emanar del mismo corazón de la tierra. Las obras de restauración avanzaban entre los ecos metálicos de los cinceles, hasta que la cuadrilla de operarios alcanzó los ábsides orientales. Fue allí, al retirar las costras de cal y el musgo seco que sepultaban las columnas, donde las herramientas tropezaron con algo inesperado. Debajo del olvido no había solo piedra desnuda, sino una voz grabada a traición.

El capataz de los obreros, un hombre de manos callosas y pocas palabras, detuvo el trabajo de golpe. Limpió el polvo con la yema del pulgar y retrocedió un paso, persignándose con un automatismo nacido del miedo reverencial.
—Esto no son marcas de cantero, don Julián —susurró, dirigiéndose al arquitecto de la diócesis—. Esto es una advertencia.

Los obreros se agruparon en un semicírculo silencioso, intercambiando miradas cargadas de recelo. Sabían del secretismo con el que la Iglesia había inmatriculado aquel viejo edificio abandonado apenas unos meses atrás. Sentían que estaban profanando un secreto que la misma estructura se había esmerado en ocultar.

Don Julián llamó de inmediato a Monseñor Albiol, el vicario episcopal que supervisaba la rehabilitación. Cuando el prelado llegó, el crujido de su sotana pareció cortar el aire. Albiol ajustó sus anteojos y leyó las incisiones profundas, afiladas por el rencor de los siglos. La primera inscripción, de una caligrafía burocrática y severa, rezaba: “Por la Real Orden de Exclaustración Eclesiástica del 25 de julio de 1835, este inmueble pasa a pertenecer al Estado español”. Justo al lado, esculpida con una simetría inquietante, otra sentencia dictaminaba: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

La reacción del obispo fue instantánea: el color abandonó su rostro, dejando una palidez cenicienta que rivalizaba con el granito. Su mandíbula se tensó y sus dedos se hundieron con fuerza en el pectoral de oro que colgaba de su cuello. Aquellas piedras desmentían la legalidad del registro presente, exponiendo las costuras de una vieja avaricia.
—Hay que tapar esto. De inmediato —ordenó Monseñor Albiol con una voz rota, que intentaba en vano recuperar el principio de autoridad—. Un raspado sutil... que parezca un accidente de la obra.

—No podemos, Monseñor —intervino el arquitecto, con un brillo de fascinación y temor en los ojos—. La piedra está herida a demasiada profundidad. Borrarlo destruiría la columna. La historia ha echado raíces aquí.

En ese instante de máxima tensión, cuando la codicia terrenal y el pánico institucional chocaban en el silencio del claustro, las sombras de los arcos parecieron cobrar vida. Los monjes del convento, figuras oscuras y desdibujadas por la penumbra de la tarde, emergieron del deambulatorio. No protestaron, ni interpelaron a las autoridades. Simplemente se alinearon frente a las inscripciones y, con una cadencia monótona, casi hipnótica, comenzaron a entonar un salmo oscuro, como si la misma piedra les dictara los versos:

—Los miembros del convento

 con rezos y oraciones

 evocamos los dones

de un acontecimiento.

Y un solo sacramento

 hará que el orden sea

la que a la fe provea

de cadenas al mundo

que imponen un rotundo

sentir por una idea.

Los obreros dieron un paso atrás, sobrecogidos por el canto gregoriano que vibraba en las paredes y hacía temblar los andamios. Monseñor Albiol sintió un escalofrío físico; el salmo no era una oración de bendición, sino una acusación lírica. Los monjes continuaron, fijando sus ojos desprovistos de brillo en la figura del vicario, cuyas manos temblaban ahora de pura indignación reprimida:



—Aquel que sermonea

 con falsos predicados

 dará a los condenados

la luz que da una tea.

El alma si es atea

 a veces se sonroja

 cuando se la despoja

 de su alta condición

 quitando la razón

a quien la fe le enoja.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el claustro de un rojo sangriento que encendió las letras esculpidas en el ábside. La luz parecía brotar de las propias heridas de la piedra. El abad del convento dio un paso al frente, clavando su mirada en el obispo delatado, y la comunidad remató el cántico con una severidad que resonó como una sentencia eterna en el patio de luces:

—Aunque esto nos sonroja

y no nos da lo mismo

por no usar el cinismo

en esta paradoja.

 Aquello que se antoja

 a quien es avariento

 no hará que el desaliento

 oculte los pasados

a aquellos expoliados

del viejo movimiento.

Cuando la última nota se extinguió, el silencio que cayó sobre el claustro fue más pesado que las propias losas. Los obreros dejaron las herramientas en el suelo, negándose implícitamente a tocar los muros sagrados. Monseñor Albiol, asfixiado por el peso de la verdad y el misticismo del lugar, dio media vuelta y abandonó el claustro a paso rápido, huyendo de unos muros que, pese a los registros del presente, nunca dejarían de pertenecer a la memoria del tiempo.





Soneto imperfecto

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Si pensamos que el mundo es imperfecto
no busquemos tan solo en la inconsciencia
a aquellos que no miden su imprudencia
he intentan ocultarse en su reverso.

Quien crea que esto suena algo disperso,
que oculte su disfraz de indiferencia
cuando en el fondo sienta la impotencia
de ver que todo le resulta adverso.

Si hicieras de tu mundo una tragedia
procura no mostrar tanto desprecio
por ser tu voluntad incomprendida.

Pues la vida tan solo es la comedia
donde entramos pagando el mismo precio
para ver al final nuestra partida.

La sentencia es sabida.
Quien al prójimo da su intransigencia
a la larga obtendrá la consecuencia.










Lucubrando con la existencia

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Al pensar en la existencia
como un todo inexistente
deberemos comprender
que el hoy tan solo es presente.

Inescrutables designios
que nos hacen impotentes,
dejarnos paladear
los frutos de las simientes.

En el huerto de la vida
sembramos entre las suertes
nuestros más hondos deseos
queriendo que crezcan fuertes.

La vida no siempre da
los frutos de nuestras mieles
aunque el jugo que obtuvieras
fuese de hermosos vergeles.

Si un ave llega a posarse
entre tus cuatro paredes
y nunca vuelve a marcharse
es porque no encuentra redes.

Cuando te llegue la suerte
en forma de parabienes
piensa que lo que se va
es causa de que lo tienes.

No valores la fortuna
por todo lo que tú quieres
y piensa que la amistad
da más que muchos poderes.

Si quieres a la soberbia
ocultarla ante la gente
arropa con humildad
tu rabia tan evidente.

Todo aquello que se oculta
producto de los aferes
procura que la imprudencia
no te quite lo que quieres.

El altruismo es la virtud
de quien siendo consecuente
con la ayuda a los demás
no espera ningún presente.

Pero algunos quieren ser
esos falsos penitentes
que buscan las alabanzas
y laureles en sus frentes.

La gracia de lo divino
quien espera por creyente
que aguarde con ilusión
mientras llega lo evidente.

La vida nos da ocasión
de trazar aconteceres
con la única condición
de dejarlos cuando mueres.

Aquellos los vencedores
de las guerras inclementes
nos dejaron sus venganzas
diciendo que están presentes.

Las heridas de las guerras
cicatrizan en retretes
y tiran de la cadena
para ocultar los piquetes.

Si quieres algo arreglar
que el capital no pretende
no reces a san Pancracio
ni delegues en la suerte.

Si creyerais que el tintero
que uso para mis deberes
no tiene la tinta clara
mirar entre mis haberes.

Allí podréis encontrar
mis pocos o muchos bienes
los libros de mis poetas
y algunos de mis desdenes.

Si pensara en la extinción
de la Tierra con sus seres
dejaría de escribir
explorando otros placeres.

Cuando pienso en lo que pienso
queda grabado en mi mente
al pensar en la existencia
como un todo inexistente.











Homenaje a Quiroga

Tu viaje comienza ahora
con alas de libertad
volando con tu verdad
al no depender de la hora.
Tu alma librepensadora
entre caminos de asfalto
que te lleve a lo más alto
de esta vida y su destino
y que tu siempre buen tino
guie tan importante salto.

Los años que compartimos
lo hicimos con gran respeto
y aunque no fuese un secreto
nuestro camino elegimos.
En harmonía asistimos
a los acontecimientos
que llenaron los momentos
del interés más cercano
sin dejar la suerte en vano
pusimos nuestros cimientos.

Después de unos cuantos años
bebimos vientos más frescos
con aires algo chulescos
fuimos a mundos extraños
con valentía y redaños
atrapamos la ocasión.
Y una nueva dirección
viendo grandes beneficios
contratan nuestros servicios
como una gran solución.

Y ahora llega el momento 
con los trabajos saldados
de los años cotizados
el gran acontecimiento,
de hacer que te dirija el viento
por donde tú mas anheles 
al recoger esas mieles
que con esfuerzo has ganado
y por ello está acordado
que te lleves tus laureles.







Soneto a la Peña de la Visera

La brisa fresca del norte se llena
con el aroma a cantueso y romero 
que rememora el recuerdo primero
de alguna noche estrellada y serena.

Mientras que el Sol no saliera a escena
la pasión fluía de un modo ligero
y entre un arrullo el momento sincero
colmaba a veces la suerte más plena.

Aquellos hechos nocturno-estivales
fueron tan solo unos juegos sensuales
de alegres días de vinos y rosas.

Y siempre fluían razones hermosas
de hechos excelsos o a veces triviales
junto al peñasco abrigado en zarzales.