¡Qué pena!

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¡Qué pena me da la Sierra 
Norte de Guadalajara!
consumida por las llamas
se me quedó desolada.

Que pena me da esta tierra
roja, negra y plateada
que un día nos diera gloria 
y hoy está calcinada.

Sus ríos bajan con lágrimas
de la sagrada montaña
por los cañones y valles,
oscuras y algo tiznadas.

Con el cielo enrojecido 
nuestros ancianos escapan
del humo y las amenazas
de unas llamas aun lejanas.

Se marcharán del lugar
que le diera sus entrañas
una digna y plena vida
en su tierra más amada.

Con la esperanza real
de que lo que empieza acaba
y puedan volver a su hogar
al terminar la desgracia.

Para ello están dedicados
aquellos que con sus armas
combaten contra Vulcano
y a su espada más malvada. 

Bravo por tantos esfuerzos  
que luchan contra las llamas
y que intentarán salvar,
nuestras haciendas y casas.

Con mucho trabajo y tesón
conseguirán esa hazaña
y pasado poco tiempo
ella quedará olvidada.

Pues en lugar de aprender
el ser humano se engaña
echando culpa al ajeno
de todas esas desgracias.

Mientras, sentado contempla
como los demás trabajan
por un noble fin común
con hiel y con desconfianza.

Y en lugar de agradecer
acusa de ineficacia
a todo aquel que luchó
mientras otros protestaban.

¡Qué pena me da la sierra!
¡Qué pena me da la saña!
 ¡Qué pena me da el fuego
qué desprende tanta rabia!