El aire del claustro milenario era denso, impregnado de polvo flotante y de un frío que parecía emanar del mismo corazón de la tierra. Las obras de restauración avanzaban entre los ecos metálicos de los cinceles, hasta que la cuadrilla de operarios alcanzó los ábsides orientales. Fue allí, al retirar las costras de cal y el musgo seco que sepultaban las columnas, donde las herramientas tropezaron con algo inesperado. Debajo del olvido no había solo piedra desnuda, sino una voz grabada a traición.
El capataz de los obreros, un hombre de manos callosas y
pocas palabras, detuvo el trabajo de golpe. Limpió el polvo con la yema del
pulgar y retrocedió un paso, persignándose con un automatismo nacido del miedo
reverencial.
—Esto no son marcas de cantero, don Julián —susurró, dirigiéndose al arquitecto
de la diócesis—. Esto es una advertencia.
Los obreros se agruparon en un semicírculo silencioso,
intercambiando miradas cargadas de recelo. Sabían del secretismo con el que la
Iglesia había inmatriculado aquel viejo edificio abandonado apenas unos meses
atrás. Sentían que estaban profanando un secreto que la misma estructura se
había esmerado en ocultar.
Don Julián llamó de inmediato a Monseñor Albiol, el vicario
episcopal que supervisaba la rehabilitación. Cuando el prelado llegó, el
crujido de su sotana pareció cortar el aire. Albiol ajustó sus anteojos y leyó
las incisiones profundas, afiladas por el rencor de los siglos. La primera
inscripción, de una caligrafía burocrática y severa, rezaba: “Por la Real
Orden de Exclaustración Eclesiástica del 25 de julio de 1835, este inmueble
pasa a pertenecer al Estado español”. Justo al lado, esculpida con una
simetría inquietante, otra sentencia dictaminaba: “Dad al César lo que es
del César y a Dios lo que es de Dios”.
La reacción del obispo fue instantánea: el color abandonó su
rostro, dejando una palidez cenicienta que rivalizaba con el granito. Su
mandíbula se tensó y sus dedos se hundieron con fuerza en el pectoral de oro
que colgaba de su cuello. Aquellas piedras desmentían la legalidad del registro
presente, exponiendo las costuras de una vieja avaricia.
—Hay que tapar esto. De inmediato —ordenó Monseñor Albiol con una voz rota, que
intentaba en vano recuperar el principio de autoridad—. Un raspado sutil... que
parezca un accidente de la obra.
—No podemos, Monseñor —intervino el arquitecto, con un
brillo de fascinación y temor en los ojos—. La piedra está herida a demasiada
profundidad. Borrarlo destruiría la columna. La historia ha echado raíces aquí.
En ese instante de máxima tensión, cuando la codicia
terrenal y el pánico institucional chocaban en el silencio del claustro, las
sombras de los arcos parecieron cobrar vida. Los monjes del convento, figuras
oscuras y desdibujadas por la penumbra de la tarde, emergieron del
deambulatorio. No protestaron, ni interpelaron a las autoridades. Simplemente
se alinearon frente a las inscripciones y, con una cadencia monótona, casi
hipnótica, comenzaron a entonar un salmo oscuro, como si la misma piedra les
dictara los versos:
—Los miembros del convento
con rezos y
oraciones
evocamos los dones
de un acontecimiento.
Y un solo sacramento
hará que el orden
sea
la que a la fe provea
de cadenas al mundo
que imponen un rotundo
sentir por una idea.
Los obreros dieron un paso atrás, sobrecogidos por el canto
gregoriano que vibraba en las paredes y hacía temblar los andamios. Monseñor
Albiol sintió un escalofrío físico; el salmo no era una oración de bendición,
sino una acusación lírica. Los monjes continuaron, fijando sus ojos
desprovistos de brillo en la figura del vicario, cuyas manos temblaban ahora de
pura indignación reprimida:
—Aquel que sermonea
con falsos
predicados
dará a los
condenados
la luz que da una tea.
El alma si es atea
a veces se sonroja
cuando se la
despoja
de su alta
condición
quitando la razón
a quien la fe le enoja.
El sol comenzó a ponerse, tiñendo el claustro de un rojo
sangriento que encendió las letras esculpidas en el ábside. La luz parecía
brotar de las propias heridas de la piedra. El abad del convento dio un paso al
frente, clavando su mirada en el obispo delatado, y la comunidad remató el
cántico con una severidad que resonó como una sentencia eterna en el patio de
luces:
—Aunque esto nos sonroja
y no nos da lo mismo
por no usar el cinismo
en esta paradoja.
Aquello que se
antoja
a quien es
avariento
no hará que el
desaliento
oculte los pasados
a aquellos expoliados
del viejo movimiento.
Cuando la última nota se extinguió, el silencio que cayó
sobre el claustro fue más pesado que las propias losas. Los obreros dejaron las
herramientas en el suelo, negándose implícitamente a tocar los muros sagrados.
Monseñor Albiol, asfixiado por el peso de la verdad y el misticismo del lugar,
dio media vuelta y abandonó el claustro a paso rápido, huyendo de unos muros
que, pese a los registros del presente, nunca dejarían de pertenecer a la
memoria del tiempo.

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