Reminiscencias

Viendo la vida pasar me sumerjo entre los sueños
pues así intento llegar a los lejanos recuerdos,
mientras la memoria quiera por siempre serán eternos,
tan solo con el silencio mueren y quedan dispersos.
Por ello quiero expresar con letras y sentimientos
esta historia familiar vivida hace mucho tiempo.

Sintiéndome ciudadano de este mundo tan diverso
en Madrid llegué a nacer y de ello feliz me siento.
De aquel metropolitano barrio que apenas recuerdo
la vida y las circunstancias me llevaron de él muy lejos.
Los momentos de existencia de aquellos días primeros 
en el limbo se quedaron, pero no mis sentimientos.

Entre las reminiscencias de los días ya lejanos,
me llegan estas vivencias que en la memoria han quedado:
De tierras americanas viajaba de vez en cuando
a una humilde serranía de la España gris de Franco,
hasta una casa de piedra de lajas grises y barro
que habitaban mis abuelos en invierno y en verano.

Muy pronto me percaté de la peculiar belleza
de aquel rincón de Castilla junto a unas ruinas yertas,
cerca de una cumbre altiva, al pie de esa sierra esbelta
y muy cerca del Otero donde este pueblo se encuentra.
En otros tiempos testigo de la actividad minera,
con la emigración perdió el cultivo de la tierra.

La falda del Alto Rey me acogió en aquellos años
y a ese agreste terreno me terminé acostumbrado.
Aquel cambio tan notable me llevó a un mundo arcano
y enseguida comprendí que nada es lo que esperamos.
En aquel pueblo pequeño de encinas, robles y cantos
florecían amapolas entre trigales sembrados.

Las mulas, cabras y ovejas se llevaban a los prados
en rebaños a pastar alternando sus cuidados,
entre todos los vecinos se encargaban del ganado
para así compaginar la labor de otros trabajos.
Alguna tierra en barbecho se quedaba todo el año,
con el fin de enriquecer la pobreza de sus campos.

Por las calles empedradas todas las tardes se oían
el roce contra las piedras que con sus cascos hacían
las mulas que a trote lento hasta la fuente subían.
En la plaza de las cabras los cabreros se reunían,
con el zurrón y el cayado y marchaban con las chivas,
a pastar en las dehesas el ganado todo el día.

Las cabras se desplegaban por el terreno pactado,
Las Añadas, La Poveda, San Martín y por el vado
que cruza el arroyo Rama y algún huerto no cercado.
Atardeciendo llegaban del campo despreocupados
subiendo por la Revuelta con los perros y el ganado
hasta la plaza las cabras, tras haberlas pastoreado.

A mediados del verano y después de hecha la siega
se llevaban las gavillas del cereal a las eras
y los chiquillos corríamos a montar y darnos vueltas
en los trillos que las mulas arrastraban por las piedras
y en medio estaba la parva que el apero con sus piezas
de pedernal afilado la cortaba hasta molerla.

Así marchaban los días en esos tiempos pasados
respetando a los mayores, respetando los legados
de normas que las hicieron entre vecinos honrados,
compartiendo sus esfuerzos, el agua de sus sembrados,
acequias, los manantiales y las hierbas de los prados
y a veces hasta la leña en inviernos muy helados. 

Gallinas en ponederos alejados de los palos
dejaban allí sus huevos para poder incubarlos,
a la mañana siguiente llegaban siempre sus amos
para abrir el gallinero y cogían con la mano
del nidal que estaba lleno los frutos que pisó el gallo.
Y con las gallinas viejas se hacían muy buenos caldos.

En pequeñas cochiqueras se cuidaban en el año
los gorrinos a la espera de que fueran engordados
y en una clara mañana con el cielo despejado
acechándonos el frío iba el matarife armado
con la herramienta afilada a comenzar su trabajo,
allá donde los vecinos lo habían solicitado.

Sujetaban fuerte al puerco los hombres con el cuidado
de evitar que se escapase mientras se hacía el sangrado,
en la matanza esperábamos del cerdo sacrificado
se extrajera la vejiga para agarrar los muchachos
una pajita de trigo y soplándola hasta inflarlo,
el efímero balón se rodaba hasta explotarlo.

Mientras, en el lavadero limpiaban tripas del guarro,
para que al día siguiente levantándose temprano
picar y embutir la carne, dejando el fiambre colgado
con morcillas, con morcones y chorizos embuchados,
en palos de la fresquera donde se curaban sanos
junto a lomos en aceite en los cántaros de barro.

Al conservar la matanza con manteca apelmazada
y guardarse todo el año la mezcla en su propia grasa,
se servía como almuerzo introducido en la hogaza
y el aroma desprendido al irnos a la cabrada
o al Regachón a cavar, me despertaba las ganas
de comer de aquel zurrón todo el pan de una sentada.

Bajando el arroyo Rama tomábamos un atajo
y siguiendo la quebrada mi abuelo me iba explicando,
allende en la encina está por el congosto quebrado
el barranco del Bornova que otrora tiempos lejanos
sus corrientes hechizadas con sus aguas transformaron
en mies y electricidad su descenso accidentado.

En un lugar de la sierra de belleza peregrina
y piedras casi lunares en las noches se ilumina
entre jaras y encinares esta tierra tan vacía
con estrellas y luceros que dan sentido a la vida
y al infinito universo donde su entraña dormida
un día nos dio riqueza y hoy tan solo quedan ruinas.

Tres bares, una bodega, la tahona, vaquerías,
varias tiendas con estanco y el jueves carnicería
puesta en la plaza del Rastro a espaldas de la Alcaldía.
Eran algunos negocios que recuerdo de esos días,
junto con los ambulantes que de todo nos surtían
y un autobús de Madrid todos los días subía.

Con mulas el molinero desde el molino traía 
algunos cuantos quintales que en arrobas convertía
partiendo cada quintal en cuatro sacos de harina
que previamente el labriego en trigo le dejaría
y anotando cada arroba daba a la panadería
para cocer en el año, una hogaza cada día.

Los botijos y los cántaros se llenaban desde el caño
usando un tubo de chapa que en la fuente utilizamos
para recoger el agua con el útil alargado.
Llevábamos los botijos y los cántaros de barro
por las calles empedradas despacito y con cuidado
en esos fríos inviernos con el suelo muy helado.

Ya por la calle Mayor lo miraba de soslayo,
aquel caserón sombrío que la historia ha olvidado
donde en el pozo se ocultan los tormentos del pasado
y en noches de luna llena se escuchaban muy lejanos
los sonidos del dolor de un espíritu angustiado
que vagaba entre las sombras de días infortunados.

Enfrente del caserón y muy cerca de mi hogar
había un poyo de piedra junto a un viejo nogal
tras la pared del fielato que subía de chaval
para recoger las nueces que guardaba en el morral
y una anciana se sentaba en el poyo a esperar
que pasaran los muchachos de la jornada escolar.

Entre su mandil llevaba caramelos para dar
a chiquillos que venían de la escuela de estudiar.
Todas las tardes estaba sentada en aquel lugar
con los mismos caramelos en su negro delantal,
mientras, allí se quedaba contemplándoles pasar,
como joviales marchaban hacia la plaza a jugar.

Hacían buena labor en esos tiempos extraños
el boticario y el médico desempeñando sus cargos
con profesionalidad junto a un maestro anciano,
al cual quiero recordar pasado ya tantos años
en su apreciada labor de un impagado trabajo
que ejercía en esos tiempos donde el saber era escaso.

En la pizarra escribía con la tiza entre sus dedos
la operación aritmética y la íbamos resolviendo
según nombraba al alumno por su apellido el maestro
y alternábamos después las clases con el recreo
donde nos daban la leche aquella que en el recuerdo
me queda aún el regusto de agua con sabor a suero.

De hierro fundido una estufa y un tubo mirando al cielo
había en aquella escuela para templar los inviernos
a los helados alumnos con las ascuas de Botero,
entre pupitres vetustos justo estaba en todo el medio
y junto a ella el maestro hacía que a pulmón pleno
se recitasen los ríos y algunos famosos versos.

A veces nos daba clases de historia de nuestro pueblo
en la escombrera cercana y que hoy tan solo es recuerdo,
narrándonos las historias que algunas aún conservo
del pasado esplendoroso de este distrito minero,
donde contaba las crónicas que fue en el mundo el primero
en calidad de la plata que hubo aquí hace mucho tiempo.

Sentándonos en el suelo el profesor nos contaba:
- En la Serranía Norte cerca de Guadalajara
se encontró una rica veta el filón era de plata.
Allá en Hiendelaencina los yacimientos estaban
en el rico Canto Blanco donde a plena luz brillaba,
nativo argento metal entre rocas y pizarras.

Aquel acontecimiento de la noche a la mañana
cambió la fisonomía de esta rústica comarca,
en donde otrora había huertas, quedan tierras perforadas,
agricultor y pastor cambian cayado y azada
por el pico y la barrena y el oro trigo por plata.
Y llegaban los mineros de todas partes de España.

En pocos años los pozos surgieron como hierba mala
pero no todas las minas dan aquello que esperaban,
explotando el filón rico, Santa Cecilia la llaman,
lindando queda la Suerte y Teresa entre dos aguas,
algunos también decían la Fortuna está cercana,
aunque nadie lo diría pues la inversión era escasa.

Las minas con auge pleno finalmente comenzaban
a dar el fruto esperado aquel que un día soñara
don Pedro Esteban y Górriz, quien con su hallazgo dejaba
la leyenda que nos cuenta aquella hazaña pasada
y muchas pequeñas gestas de esta historia tan lejana,
aunque está en algunos libros hoy no queda casi nada.

No todo será fortuna no todo fueron bonanzas
por tanta prosperidad se pagarán cuotas altas,
despertando tal riqueza envidias en la comarca
aquellos los lugareños pensaban que no ganaban
por tanto riesgo y sudor lo que el esfuerzo rentaba.
Unos dejaron sus vidas, otros sus cuentas inflaban -.

Si el tiempo lo permitía salíamos de paseo
para estudiar por el campo la flora y fauna del pueblo,
turnándolo con la historia de los acontecimientos
que acaecieron allí cercanos o algo dispersos.
Y pasado algunos días trae de nuevo el maestro
otra historia de las minas de infausto y triste suceso.

-Allá por mil ochocientos entre desgracias llegaban,
el diecinueve de octubre a las tres de la mañana
del año sesenta y cuatro negras y frías jornadas,
del pozo llamado Perla un espeso humo asomaba,
barreneros y escombreros al salir dieron la alarma
diciendo que allí unos cuantos en la mina se quedaban.

Haciendo un primer recuento se fijaban que faltaban
cinco de aquellos mineros que cumplían la jornada,
enseguida se disponen quienes por la zona estaban,
un capataz se dirige a Fortuna donde baja
con los cuatro voluntarios al lugar que se encontraban
la sexta con la tercera, galerías de ambas plantas.

Observando como un torno cubierto parece en llamas,
un negro y muy denso humo sale de una nube blanca,
sabe que los atrapados agotan sus esperanzas.
Suben medio intoxicados y el resuello hasta en el alma,
mira al cielo y a sus hombres sin poder hacer ya nada.
Solo un milagro podría cambiar la desesperanza.

Y cuentan las malas lenguas que el ingeniero que estaba
al mando del yacimiento a la galería mandan,
las esposas y las madres a buscar a los que faltan,
diciéndole, si no vuelven, que tampoco de allí salga.
Aunque no está demostrado la leyenda así lo narra
pues pasado tantos años apenas hoy es recordada.

En varios días siguientes intentan ir a la planta
por otros pozos y medios ya sin apenas confianza.
El veinticinco de octubre la tragedia se saldaba
con otros ocho mineros que en circunstancias extrañas
al intento del rescate muertos allí se quedaban,
al bajar a liberarlos ya sin ninguna esperanza.

Esta es parte de la historia retazos de una comarca
en donde con grandes rasgos así quedó dibujada
en claroscuros momentos de sus épocas doradas.
Queda ahora solo un pueblo que heredó una enorme plaza,
con pozos, ruinas y campo y una escombrera sin plata
cubriendo todo el pasado de la historia aquí plasmada -.

Al terminar los relatos intentando dieran frutos,
nos decía. - Quien aprende invierte para el futuro -.
Aquella pedagogía rozando el krausismo puro
apenas nadie entendía ni sus formas ni sus usos.
Pero en muchos ha quedado en su intelecto profundo
alguna que otra enseñanza que dejó entre sus alumnos.

Los domingos por la tarde se entraba entre algún susurro
al local del teleclub con la silla y todos juntos
la televisión veíamos hasta el corte inoportuno,
porque la electricidad fallaba muy a menudo.
Al alcalde del momento lo recuerdo algo difuso,
será porque la memoria, no labra en torcidos surcos.

El cura su bendición daba a fieles y a beatos,
mientras que las altas damas del altar los más cercanos
y entre las primeras filas tenían fijos sus bancos,
para así poder rezar y pedir que sus pecados
con la clemencia de Dios fueran por Él perdonados.
Al darse golpes de pecho quedaba todo olvidado.

El comandante del puesto con su bigote engomado
y un tricornio de charol serio ejercía su cargo.
Jugaban un café al mus todas las tardes los cuatro,
el doctor con don Antonio, el alcalde con el cabo.
Las fuerzas vivas del pueblo representaban al bando
que ocultaron la verdad por orden de aquel tirano.

Los chiquillos en sus juegos fingían tener ganado
que en forma de gallarones recolectaban del árbol.
Otras veces nos perdíamos por la escombrera buscando
piedras preciosas con plata o finas formas de cuarzo.
Y al atardecer subían agarrados de la mano
por aquel paraje gris, parejas de enamorados.

Las tardes de inviernos fríos junto al horno nos sentábamos
al calor de los rescoldos y la lección repasábamos.
Con algún que otro tebeo entre los libros guardábamos
nuestros cromos repetidos que a veces coleccionábamos.
En la plaza de la escuela a la peonza jugábamos
y después a la arboleda íbamos a cazar pájaros.

Fueron pasando los días, fueron pasando los años
y mientras tanto en el tiempo iba quedando plasmado
con imágenes de ayer la evocación del pasado,
navegando entre dos mundos se fue mi pasión quedando
entre tierras de encinares y aquellos inmensos llanos.
Al volver a Venezuela dejé atrás el Alto Llano.

Al llegar a San Cristóbal con sensación de nostalgia,
los campos venezolanos recuerdo ya en la distancia
como un mundo más lejano y también con añoranza.
En esos años primeros con todas sus circunstancias
entre un oculto desvelo tuve una estancia muy grata
y en mi memoria ha quedado su encanto y exuberancia.

La coqueta librería que estaba en plaza Miranda
vendía sabiduría y tenía gran demanda.
Haciéndolo con esmero mi madre la regentaba,
ponía en ello su esfuerzo y de una forma cercana
de trato con la clientela sabía cómo ganarla.
Del mostrador los tebeos pasaba al patio de casa.

Cerca del Ayuntamiento está la plaza de Sucre
con su estatua y arboleda, allí tenía costumbre
caminar por sus aceras bajo los mantos azules
del atardecer de enero. Y al ocultarse las luces,
de un árbol la perezosa sin saber si baja o sube
colgaba parsimoniosa muy carente de actitudes.

El puente internacional a Cúcuta nos llevaba,
lo cruzaba de chaval cuando a por café pasaba.
Este paso principal a Colombia nos mostraba
como una bella nación que el río Táchira hermana.
Sobre aquellas tierras vuelan mis memorias más lejanas
y aunque nunca regresé en mi mente están guardadas.

En un colegio de frailes adquiero conocimientos
y aunque solo era un doncel tengo el recuerdo primero
de pupitres de madera donde asenté mis cimientos.
Aquel clima y la salud hacía todo algo incierto,
el trópico fue un escollo y un continuo contratiempo,
por no tentar a la suerte tuve que hacerme viajero.

Tiempo después al volver a España de punta en blanco
bajé cauto del avión con una radio en la mano.
Mientras fumaba Ideales mi abuelo estaba esperando
con el cigarro en sus labios y se quedaba mirando
aquel curioso aparato tan pequeño como extraño,
de repente lo encendí y lo contempló asombrado.

De una forma socarrona me sugirió canjearlo
por una radio de válvulas aquel transistor de mano.
Desde entonces lo llevaba con él a los verdes prados
donde iba con la cabrada a que pastara el ganado.
Las tardes sintonizábamos ocultos en el doblado
Radio España Independiente en secreto y con cuidado.

Conocí así a los poetas, Lorca, Hernández y Machado.
Y supe que unos fascistas dieron un golpe de estado.
Oí a Juan Ramón Jiménez y otros muchos exiliados
como añoraban la Patria de donde fueron echados.
La nostalgia que me lleva a aquellos días pasados
me trae nimios recuerdos de rancios partes hablados.

De vez en cuando Angelillo, ante la lumbre sentados
“por aquel camino verde”, cantaba a un pueblo helado.
A la vez en el fogón mi abuela tarareando,
guisando estaba entre trébedes la sopa de pan con ajo.
Con Miguel Gila reíamos sus diálogos figurados
y su costumbrismo ingenuo que tanto lo disfrutamos. 

Asiduos al consultorio que tenía Elena Francis
con aquella melodía comenzaba la catarsis
provocada por historias narradas con verbo grácil
por una voz femenina pausada y poco versátil,
pues estaba programada para hacer lágrima fácil
y con ella mis abuelos oían consejos gratis.

Un poco antes del ocaso en otras ondas buscamos
al travieso Periquín y escuchamos esperando,
el momento del final que el padre acabe llamando
con ironía al chaval para reprender sus actos.
La canción del Cola Cao nos lleva a poner los platos
y al final del folletín el transistor apagamos.

Esperando que la luna en las noches de verano
con el blanco resplandor nos regalara su encanto,
el patio se iluminaba con tono difuminado.
Mientras, prestaba atención y el abuelo iba narrando
historias o quizás cuentos que tenía almacenados
debajo de aquella boina que cubría su pasado.

Unas noches me contaba las historias del platero,
un tal Vincenzo Fortuny que fabricaba dinero
con la plata que cogía excavando a ras de suelo.
Y aunque no está demostrado se dice que este extranjero
en Canto Blanco encontró el filón rico el primero.
Pero la historia desmiente que fuera el hojalatero.

Otras noches me contaba que en guerra fue fusilero,
leyendas del Alto Rey o historias de los mineros.
La que me sobrecogió, fue aquel hecho verdadero
cuando en la guerra bajaba de Atienza un destacamento
para hacer una incursión a las afueras del pueblo
y a los dos que allí mataron en un pozo los metieron. 

A veces también la historia lejana a él me enseñó,
contándome la leyenda del mito de un gran señor
que por Robledo y Las Minas en su caminar dejó
por todos estos parajes su huella el Cid Campeador
cuando aquel noble sin trono al destierro se marchó,
por ser vasallo oneroso de un deshonroso señor.

La abuela que le escuchaba siempre con mucha atención
un día dijo. - Mariano… permíteme por favor
que contemos a tu nieto nuestra historia sin rubor,
desde que fuiste a la guerra hasta los días de hoy.
Pues aquello que se olvida es porque nunca existió
en la memoria de aquellos que ignoran su tradición. 

Por ello nuestras verdades te expongo con mis palabras
para que tú las trasmitas cuando te salgan del alma.
En un casillo de piedra con una gruesa pizarra
en una villa pequeña rodeada de montañas
y a la puerta un haz de leña con lazos para alimañas,
un cachorrillo medraba tumbado junto a la parra.

Eran nueve moradores, entre el perro, hijos y madre,
cuatro pequeños varones, tres hijas angelicales,
vivían con ilusiones con sus huertos y animales
trabajando en sus labores confiaban llegase el padre,
un día marchó a la guerra sin honores militares
a la contienda que fue causa de todos los males.

Labra el mayor la parcela, los medianos en la espalda
llevan la mies a las eras, el pequeño pone trampas
y juega en las escombreras a ver quien más lejos salta.
Cuando sale de la escuela va a la caza de las ranas
al arroyo de la Cal o a los estanques y charcas
y las limpia con esmero vendiendo luego las ancas.

La mayor sus ilusiones cocinando las comparte,
la mediana sus opciones son marchar a otros lugares,
la pequeña de ambiciones sueña con grandes telares,
sus labores, la dispone, de su casa apenas sale.
Mientras esperan que llegue del penal un día el padre,
todos ayudan hacer más llevadero ese trance.

Pasan noches, pasan días, entre sol, lluvia y escarcha,
mientras pasaba la vida no perdió las esperanzas
de acabar la pesadilla la que un día le alejara
de una digna y sobria vida en el País de la Plata,
donde esperaba su esposa con tres preciosas muchachas
y cuatro buenos barones que cuidaban de la casa.

Largos años en la guerra, y también muchas semanas
en el penal de Figueras con la pena conmutada.
Aunque cayeron fronteras quedó una puerta cerrada;
hay vidas que son muy perras, ¡más si son republicanas!
Prepara el viaje a su tierra soñando con un mañana
que cure todas las penas y vuelvan las esperanzas. 

Cruza valles, ríos, montes, por caminos y ciudades,
después de días y noches pone fin a un largo viaje;
el zurrón ya sin reproches, una historia, su equipaje,
buscando sus horizontes atrás dejó libertades
y justas obligaciones rotas por un personaje
que mato las ilusiones imponiendo indignidades. 

Cerca ya de la Revuelta, afanado en la Cerrada
toma el fruto de la tierra que los huertos le dejaban,
el hijo del miliciano espera mientras que cava.
Viendo al joven que sospecha le hace que vuelva la cara,
pregunta desde la cerca por el que lo cultivaba
y le dice está de vuelta pues se espera su llegada.

El hijo no lo conoce, a él se dirige su padre,
partió cuando eran menores y a su regreso son grandes,
dejó allí sus ocho amores un hogar y su bagaje
en noches negras y atroces soñaba con sus semblantes,
para que no se esfumaran sus días más entrañables
y con rabia se decía. ¡Si Dios hay me lo demande!

El hijo al ver a su padre le mira con mucha calma,
su imagen a él le recuerda le lleva dentro en el alma,
la memoria siendo buena su edad era muy temprana.
Después de darse un abrazo se dirigen a su casa
donde poniendo la mesa ya le espera su serrana,
ella de él siempre se acuerda desde la noche hasta el alba.

Pasando el tiempo los hijos casi todos se marcharon
en busca de un porvenir más certero y adecuado.
La mediana fue a Madrid y conoció a un muchacho
muy pronto se enamoró y en el pueblo se casaron.
Y ya a partir de estos días has de escribir el legado,
con la crónica y los hechos que recuerdes del pasado -.

Acabadas las historias mi abuelo se levantaba
y daba las buenas noches con un sobrio hasta mañana,
se marchaba caminando muy derecho hacia la cama
y mi abuela le seguía mirando al suelo encorvada,
cerraba el portón de abajo y yo el de arriba cerraba.
Cuando en el colchón me hundía sentía un beso en la cara.

En esas noches oscuras apoyado en la almohada,
los sueños de aquella infancia libres revoloteaban,
soñando que era minero y a la Teresa bajaba.
El Alma Llanera a veces en mi cabeza sonaba
como suenan los silencios de las estrellas lejanas
y la nostalgia envolvía esas frescas madrugadas.

De vez en cuando seguíamos la Pirenaica escuchando
y la abuela nos decía: - Apagar ese artefacto,
la casa cuartel está lindando con el fielato
y en el poyo del nogal a veces se sienta el cabo,
además, suele en la ermita estar su esposa rezando,
con el oído que tiene seguro que escucha algo -. 

Y así pasaban los días en ese pueblo lejano,
la vida se iba y venía y el tiempo estaba parado,
hasta vestir algo nuevo en el Domingo de Ramos
para acudir a la iglesia y lucirse ante los santos,
unos siete días antes de que sea condenado
un año más a morir aquel que fue traicionado.

En verano festejábamos pasado el quince de agosto
nuestras fiestas patronales adelantadas de otoño
que es cuando a Santa Cecilia la veneran sus devotos.
En la semana de fiestas con un novillo los mozos
corretean en la plaza gallardos y valerosos 
y después el novillero el festejo acaba airoso.

El veintidós de noviembre los mozos prenden hogueras
para conmemoración de la Patrona en su fiesta.
Cuando las ascuas ardían las dulzainas y las cuerdas
de guitarras y bandurrias con tambores y trompetas
al unísono sonaban con la rondalla minera,
hasta que se terminaban el aguardiente y la leña.

Al ir acabando el año llegaban las Navidades
y colgaban los carámbanos con los fríos invernales,
del borde de los tejados los cogían los chavales
para lamer con cuidado esos chupones pluviales.
El día de Noche Vieja hacían sus habituales
visitas de casa en casa los mozos con sus cantares.

Para esperar a los Reyes entre el cinco al seis de enero
había en una hoja escrito lo que anhelaban mis sueños,
aguardando que trajeran pronto todos mis deseos.
A la mañana siguiente solo encontraba tebeos,
un juguete, unos bolívares, algún pantalón vaquero,
con camisas estampadas y un beso de mis abuelos.

Pasando ya mucho tiempo en el alma se han posado
las historias y recuerdos de aquellos seres amados,
y aunque siempre permanezcan en mi memoria aferrados
estas vivencias serán la prueba de ese legado,
al mantener el recuerdo de aquellos tiempos pasados, 
haciendo en mí permanezcan vivos los más señalados.

Con cariño y añoranza he recordado los años
donde transcurrió mi infancia entre un transistor y un gato,
la perra llamada Tula, dos mulas, trillo y arado,
unos casillos derruidos, la escombrera, la era, el prado
y el horno de la tahona con olor a pan y asado,
y a tortas con chicharrones de azúcar y anís tostado.

Por todo aquello quisiera que los recuerdos quedaran
guardados en mi memoria hasta que de aquí marchara,
al infinito lugar donde descansan las almas
que hicieron que mi niñez por esos días pasara,
sin que notara la ausencia ni que por ello olvidara
a todos aquellos seres de mi infancia recordada.